En nuestro segundo día en España, habíamos dispuesto realizar nuestro traslado en autobús hacia el norte de España, concretamente hasta Piedrafita. Yo me ofrecí a ser siempre el primero en despertarme, porque nunca he tenido problemas para eso: incluso cuando me desvelo un poco, si tengo que levantarme a una hora específica, logro salir del sueño aún sin el auxilio de un despertador. La única duda era que el cambio de continente me trastornara el cronómetro interno, pero por suerte parece que mi organismo tiene su propio sincronizador, porque a las seis en punto de la mañana me estaba levantando y tan fresco. Por cierto, no sé si será cuestión genética, o si los consejos que nos dio nuestro capitán antes de los vuelos surtieron efecto (nos recomendó no dormir mucho la noche anterior y en cambio dormir todo lo que pudiéramos en los aviones, especialmente el del vuelo trasatlántico), o si de alguna manera los hados se sintonizaron a nuestro favor en este particular viaje, pero lo cierto es que yo no noté que ninguno de los cuatro peregrinos acusara el famoso jet lag, esa extraña sensación (y por ahora todavía desconocida para mí) de trastorno físico y hasta emocional que provoca el atravesar varios husos horarios.
![]() |
| Fuente: Jet Lag, trucos para prevenirlo (click para ir a la página) |
En fin, a eso de las 6,20 ya estaba perfectamente bañado y despertando al Peregrino Negro, quien me reclamó que lo levantara veinte minutos antes de lo programado, pero inmediatamente se fue, obediente, a ejercer sus libaciones matutinas. Luego fui a tocar a la puerta de los otros dos peregrinos, que me gruñeron desde adentro. Me vine con la duda de si realmente se habrían despertado del todo, pero nos tranquilizamos todos cuando los vimos aparecer, radiantes, veinte minutos después.
A las siete y un resto ya estábamos desayunando (embutidos, quesos y frutas), con toda la calma del mundo, y comentando lo que había sido el accidentado viaje desde Costa Rica. Incluso el Peregrino Morado, que tenía todos los motivos del mundo para amanecer enfurruñado, mostraba un notabilísimo buen talante para con sus compañeros.
Terminado el desayuno, bastante sabroso, nos fuimos a nuestras habitaciones a empacar cuidadosamente y estar dispuestos a continuar la aventura.
No nos fue difícil llegar hasta la Estación de Buses del Sur, adonde arribamos a eso de las 10. Previamente, por Internet, el Peregrino Negro y yo habíamos reservado los boletos, pero al momento de llegar a la ventanilla, inicialmente la clave que se nos había enviado no funcionó, lo cual era preocupante porque no sólo ya habíamos pagado el importe de los tiquetes, sino que además podía constituir un retraso debido a que partíamos a las 10,35, y eso en el caso de que todavía hubiera lugares disponibles. No recuerdo cómo se arregló el asunto, pero tampoco fue un inconveniente prolongado, porque a los cinco minutos ya teníamos nuestros boletos en mano, e ingresamos aliviados al autobús.
Si bien los autobuses suelen ser el medio de transporte más cansador, especialmente en las distancias largas, para mí siempre han tenido un encanto extraño. De alguna manera se me antojan la forma más "terrenal" de conocer lugares nuevos. El avión pasa a miles de metros de altura, el tren se mueve dentro de su propio ámbito, un poco aparte de todo, los barcos, obviamente, no pueden ir más allá de sus puertos... En cambio, en autobús viajas en contacto con el suelo, pudiendo contemplar el panorama que pasa por tu ventana (por lo general amplia), o si te da la gana hasta dormir sin esa ominosa sensación de que tu sueño podría verse abruptamente interrumpido por una caía prolongada...
No sé qué habrán pensado mis compañeros, pero yo me divertí mucho con ese viaje en bus. Partimos a la hora prevista, ni más ni menos, y mientras las paradas se iban sucediendo, yo simplemente contemplaba el mundo pasar. En Tordecillas se subió una pasajera, luego en Benavente se bajó una persona. Hubo otra parada en Bañeza, donde además nos avisaron que en el siguiente destino, Ponferrada, haríamos una parada más prolongada, para descansar o repostar, no sin antes pasar por Astorga, donde de pasadita pudimos ver el célebre castillo construido por Gaudí, que en realidad es el Palacio Episcopal pero por su forma no quedaba otra que bautizarlo popularmente así, Castillo de Astorga.
A las 3 y 45 de la tarde llegamos a Ponferrada, que es una de las ciudades por las que pasa el Camino, pero no supimos en ese momento por dónde. Es una buena opción para empezar en el Camino si alguien quiere hacer un peregrinaje un poco más largo (es como añadirle dos o tres jornadas más de las que hicimos nosotros).
Pero nosotros habíamos planeado ir hasta Piedrafita do Cebreiro, en el límite de Galicia, pues era el lugar más cercano a O Cebreiro, el pueblo medieval desde el cual pensábamos dar inicio a nuestra aventura como caminantes, y para eso nos faltaba todavía una hora de carretera.
Piedrafita
A eso de las 4 y 46 de la tarde, arribamos por fin a Piedrafita do Cebreiro.
Como aprendimos pronto de la mayoría de los pueblos por los que íbamos a pasar, es un típico pueblo de esos que se fundaron, hace quién sabe cuántos siglos, en torno a un camino. Y en realidad es poco más que eso: unas cuantas casas, blancas todas (lo que le da un valor escénico especial), que pareciera no estar habitadas por nadie, unos cuantos negocios (los necesarios como para satisfacer las necesidades de los pocos habitantes) y la vetusta iglesia. En realidad, nada qué resaltar, pero para nosotros, venidos del otro lado del mundo, resultó un escenario encantador.
Ese primer y único día en Piedrafita, siendo que había poco qué hacer, nos decidimos a hacer un recorrido por el pueblo, donde nos topamos con tres cosas notables (al menos para mí). Primero, unas babosas negras, obviamente familia de los caracoles de jardín, sólo que del todo desprovistas de cualquier vestigio de concha, que no solo eran notables por su color, sino por su tamaño. Son, creo, los moluscos más hermosos que he visto. Segundo, un diminuto perro cuya compacta ferocidad fue suficiente para que el Paregrino Gris y el Peregrino Morado (hermanos entre sí, al fin y al cabo) dieran notables muestras de canofobia (sólo les faltó salir corriendo). Y tercero, que la Fanta naranja de España sabe realmente a Naranja, aparte de que su color es amarillo, no anaranjado oscuro como en Costa Rica. Se convirtió en mi bebida favorita de todo el viaje.


Antes de ir a cenar, nos detuvimos a conversar en una de las pocas esquinas del pueblo, junto a la carretera principal. Estaba terminando la primavera, pero estaba realmente frío. De hecho, hasta ese día, nunca había sentido tanto frío (luego vendrían experiencias peores, una de ellas bastante pronto, en este mismo viaje). Yo siempre me había preciado de ser casi inmune al frío y al calor, pero creo que después de ese día mi termostato se averió, porque mi rango de tolerancia (especialmente hacia las temperaturas bajas) se ha visto considerablemente reducido.
Estuvimos conversando en aquella esquina hasta que no aguantamos más el frío, y subimos a esperar que abrieran el comedor del hostal. Nuestra cena fue suculenta, tanto que yo iba a devolver la mitad de la torta de Santiago que había pedido y fui urgentemente atajado por mis compañeros, que veían cómo una porción generosa de un delicioso postre corría riesgo de escaparse de sus paladares.
Durante la cena nos enteramos de que éramos los 4 ticos que el día anterior habían dado un espectáculo musical en Santiago... nos hubiera gustado conocerlos, siempre es simpático saber de compatriotas en lejanas tierras, aunque el encuentro con ellos no sea posible o incluso pueda que no sea del todo agradable. En todo caso, siempre quedará en nosotros la duda de quiénes eran nuestros avatares.
Nos fuimos a dormir a eso de las 11 de la noche, cuando ya había empezado a anochecer, con la espectativa de comenzar nuestro peregrinaje al día siguiente con menos percances.
![]() |
| Estacion Sur de Autobuses, Madrid. |
No nos fue difícil llegar hasta la Estación de Buses del Sur, adonde arribamos a eso de las 10. Previamente, por Internet, el Peregrino Negro y yo habíamos reservado los boletos, pero al momento de llegar a la ventanilla, inicialmente la clave que se nos había enviado no funcionó, lo cual era preocupante porque no sólo ya habíamos pagado el importe de los tiquetes, sino que además podía constituir un retraso debido a que partíamos a las 10,35, y eso en el caso de que todavía hubiera lugares disponibles. No recuerdo cómo se arregló el asunto, pero tampoco fue un inconveniente prolongado, porque a los cinco minutos ya teníamos nuestros boletos en mano, e ingresamos aliviados al autobús.
Si bien los autobuses suelen ser el medio de transporte más cansador, especialmente en las distancias largas, para mí siempre han tenido un encanto extraño. De alguna manera se me antojan la forma más "terrenal" de conocer lugares nuevos. El avión pasa a miles de metros de altura, el tren se mueve dentro de su propio ámbito, un poco aparte de todo, los barcos, obviamente, no pueden ir más allá de sus puertos... En cambio, en autobús viajas en contacto con el suelo, pudiendo contemplar el panorama que pasa por tu ventana (por lo general amplia), o si te da la gana hasta dormir sin esa ominosa sensación de que tu sueño podría verse abruptamente interrumpido por una caía prolongada...
No sé qué habrán pensado mis compañeros, pero yo me divertí mucho con ese viaje en bus. Partimos a la hora prevista, ni más ni menos, y mientras las paradas se iban sucediendo, yo simplemente contemplaba el mundo pasar. En Tordecillas se subió una pasajera, luego en Benavente se bajó una persona. Hubo otra parada en Bañeza, donde además nos avisaron que en el siguiente destino, Ponferrada, haríamos una parada más prolongada, para descansar o repostar, no sin antes pasar por Astorga, donde de pasadita pudimos ver el célebre castillo construido por Gaudí, que en realidad es el Palacio Episcopal pero por su forma no quedaba otra que bautizarlo popularmente así, Castillo de Astorga.
![]() |
| Palacio Episcopal de Astorga, como se ve desde el bus (aunque, siendo franco, no recuerdo si lo vimos desde el bus). |
Pero nosotros habíamos planeado ir hasta Piedrafita do Cebreiro, en el límite de Galicia, pues era el lugar más cercano a O Cebreiro, el pueblo medieval desde el cual pensábamos dar inicio a nuestra aventura como caminantes, y para eso nos faltaba todavía una hora de carretera.
Piedrafita
A eso de las 4 y 46 de la tarde, arribamos por fin a Piedrafita do Cebreiro.
Como aprendimos pronto de la mayoría de los pueblos por los que íbamos a pasar, es un típico pueblo de esos que se fundaron, hace quién sabe cuántos siglos, en torno a un camino. Y en realidad es poco más que eso: unas cuantas casas, blancas todas (lo que le da un valor escénico especial), que pareciera no estar habitadas por nadie, unos cuantos negocios (los necesarios como para satisfacer las necesidades de los pocos habitantes) y la vetusta iglesia. En realidad, nada qué resaltar, pero para nosotros, venidos del otro lado del mundo, resultó un escenario encantador.
![]() |
| Piedrafita desde la ventana de nuestro hostal. |
Ese primer y único día en Piedrafita, siendo que había poco qué hacer, nos decidimos a hacer un recorrido por el pueblo, donde nos topamos con tres cosas notables (al menos para mí). Primero, unas babosas negras, obviamente familia de los caracoles de jardín, sólo que del todo desprovistas de cualquier vestigio de concha, que no solo eran notables por su color, sino por su tamaño. Son, creo, los moluscos más hermosos que he visto. Segundo, un diminuto perro cuya compacta ferocidad fue suficiente para que el Paregrino Gris y el Peregrino Morado (hermanos entre sí, al fin y al cabo) dieran notables muestras de canofobia (sólo les faltó salir corriendo). Y tercero, que la Fanta naranja de España sabe realmente a Naranja, aparte de que su color es amarillo, no anaranjado oscuro como en Costa Rica. Se convirtió en mi bebida favorita de todo el viaje.


Antes de ir a cenar, nos detuvimos a conversar en una de las pocas esquinas del pueblo, junto a la carretera principal. Estaba terminando la primavera, pero estaba realmente frío. De hecho, hasta ese día, nunca había sentido tanto frío (luego vendrían experiencias peores, una de ellas bastante pronto, en este mismo viaje). Yo siempre me había preciado de ser casi inmune al frío y al calor, pero creo que después de ese día mi termostato se averió, porque mi rango de tolerancia (especialmente hacia las temperaturas bajas) se ha visto considerablemente reducido.
Estuvimos conversando en aquella esquina hasta que no aguantamos más el frío, y subimos a esperar que abrieran el comedor del hostal. Nuestra cena fue suculenta, tanto que yo iba a devolver la mitad de la torta de Santiago que había pedido y fui urgentemente atajado por mis compañeros, que veían cómo una porción generosa de un delicioso postre corría riesgo de escaparse de sus paladares.
Durante la cena nos enteramos de que éramos los 4 ticos que el día anterior habían dado un espectáculo musical en Santiago... nos hubiera gustado conocerlos, siempre es simpático saber de compatriotas en lejanas tierras, aunque el encuentro con ellos no sea posible o incluso pueda que no sea del todo agradable. En todo caso, siempre quedará en nosotros la duda de quiénes eran nuestros avatares.
Nos fuimos a dormir a eso de las 11 de la noche, cuando ya había empezado a anochecer, con la espectativa de comenzar nuestro peregrinaje al día siguiente con menos percances.




No hay comentarios:
Publicar un comentario