domingo, 16 de abril de 2017

Dos pérdidas y el bálsamo de Bernabéu

La advertencia fallida...
Una de las razones por las cuales el Peregrino Negro actuaba oficiosamente como líder de nuestro grupo tenía que ver con la experiencia: de los cuatro era el único que había estado previamente en España. Una de las desventajas de viajar solo, especialmente si visitas un lugar por primera vez, es que no dejas de sentir esa inseguridad que provoca, precisamente, la falta de conocimiento del campo. Personalmente, a pesar de lo mucho que procuro informarme sobre cómo comportarme y sacar el mayor provecho de mi viaje, siempre encuentro que, al volver, me entero de que hubo algo que pude o debí hacer que me hubiera facilitado todavía más las cosas, o cuando menos me habría evitado dificultades que eran innecesarias. Si bien sigo prefiriendo viajar a mi aire, debo reconocer que cuando se viaja en grupo, especialmente si es con personas queridas, amigos o familiares, el que uno de ellos (incluso si es uno mismo) haya tenido experiencia previa de haber viajado al lugar del caso resulta muy reconfortante.

jueves, 13 de abril de 2017

Dos vuelos extraños.

De Caracas a París (con jugo de naranja).
Cuando me instalé cómodamente en mi asiento del enorme 747, no sabía dos cosas: una del momento y otra a futuro.

Empecemos con lo que supe por estos días, que son el futuro de aquella fecha en Caracas. Resulta que para cuando escribo este blog, ya se ha anunciado que Air France retirará de su flota sus últimos tres B747. Tiene lógica, puesto que su flota es más bien Airbus, y toda linea aérea que quiera ser exitosa financieramente busca que su flota sea uniforme (eso hace más eficientes las labores de mantenimiento y el entrenamiento de sus tripulaciones). No sé si el Jumbo Jet en el que viajé pertenece a esos tres, pero como no creo que vuelva a volar con Air France antes de que se de la retirada de esas tres aeronaves, significa que puedo incluir en mi currículo viajero que yo sí viajé en un B747 de Air France.

Hacia las Europas...

La promesa cumplida

No recuerdo la fecha, ni la razón, pero tendría yo unos veinte años cuando, de visita en casa de mi abuela paterna, me acerqué a la mecedora donde nuestra Gran Matriarca contemplaba serenamente el devenir de los tiempos y así, sin más, le solté: "Abuela, ante usted le hago la promesa de que algún día voy a viajar a Europa".

Sin siquiera pestañear o demostrar extrañeza alguna por ese exabrupto, me miró un par de segundos y simplemente dijo: "pues ojalá se te cumpla". Y eso fue todo. Al menos para ella, que de seguro hizo borrón y cuenta nueva apenas desaparecí de su vista, pero para mí aquella declaración suya fue como una bendición venida de lo alto, y supe que sí, que algún día mis pies iban a hollar los suelos europeos.

De lo que no tenía idea era de que iban a pasar muchos años (ni sé cuantos, pero demasiados) para que aquella bendición surtiera efecto, y que además mis pies sí que iban a caminar por aquellas tierras... y por su historia.