domingo, 16 de abril de 2017

Dos pérdidas y el bálsamo de Bernabéu

La advertencia fallida...
Una de las razones por las cuales el Peregrino Negro actuaba oficiosamente como líder de nuestro grupo tenía que ver con la experiencia: de los cuatro era el único que había estado previamente en España. Una de las desventajas de viajar solo, especialmente si visitas un lugar por primera vez, es que no dejas de sentir esa inseguridad que provoca, precisamente, la falta de conocimiento del campo. Personalmente, a pesar de lo mucho que procuro informarme sobre cómo comportarme y sacar el mayor provecho de mi viaje, siempre encuentro que, al volver, me entero de que hubo algo que pude o debí hacer que me hubiera facilitado todavía más las cosas, o cuando menos me habría evitado dificultades que eran innecesarias. Si bien sigo prefiriendo viajar a mi aire, debo reconocer que cuando se viaja en grupo, especialmente si es con personas queridas, amigos o familiares, el que uno de ellos (incluso si es uno mismo) haya tenido experiencia previa de haber viajado al lugar del caso resulta muy reconfortante.


Aeropuerto Barajas 


Por eso, aunque nunca se votó ni cosa parecida, el nombramiento del Peregrino Negro, la Pantera del grupo, como nuestro comandante se dio por default y sin siquiera pararse a pensarlo. Y en su función, apenas pasamos por los rituales migratorios en el aeropuerto de Barajas (que en este caso fueron mínimos porque nuestro ingreso a territorio soberano europeo había sido en París, nos guió con sapiencia al mejor lugar para obtener euros a cambio de los dólares que todos llevábamos (en ese tiempo todavía no se tenía mucha certeza de que una tarjeta de crédito o débito pudiera funcionar en el extranjero, por lo que la gente prefería aún llevar efectivo), luego procedimos a comprar los tiquetes para el viaje de regreso en tren desde Santiago de Compostela, varios días después, y finalmente nos dirigimos a la estación del metro, donde igualmente nos enseñó a comprar los boletos en las máquinas (en México yo todavía compré tiquetes en taquillas, aquella era para mí la primera vez que los adquiría en máquinas). Fue allí donde nos advirtió, con toda claridad, que el metro de Madrid era famoso por sus hábiles carteristas, capaces de birlarte la billetera de cualquier lugar donde la hayas escondido.

He de confesar que luego de haber pasado por la experiencia del metro de Ciudad de México yo me sentía tan curtido que me pareció que la advertencia, al menos en mi caso, era llover sobre mojado. De hecho, de previo yo ya había escondido mi billetera en mi mochila, bien adentro, donde sabía que era realmente imposible que me la hicieran desaparecer. Había llevado la misma cámara que había utilizado en México, tan compacta que no vi problema en guardarla en un bolsillo lateral de mi pantalón, que procedí a cerrar con su broche.


Desde la estación del metro en la Terminal 4 debíamos hacer tres trasbordos o cambios de línea, el primero en Mar de Cristal, el segundo en Avenida de América y el tercero en Pueblo Nuevo, para desde allí llegar hasta Suanzes, donde debíamos bajarnos. Tardamos unos cuarenta minutos. Emergimos de la tierra en Suanzes para ir hacia nuestro hotel, el Alcalá Norte, y allí nos esperaban los mil demonios de la desgracia. Nada sangriento, tranquilos, pero sí lo bastante impactante como para afectar nuestros ánimos por el resto de viaje.

No habíamos empezado casi a caminar hacia el hotel cuando el peregrino Morado nos dijo, primero con una calma que hizo que pensáramos que era broma, pero luego con una furia profunda que nos borró de la cara cualquier posible sonrisa, que todo su dinero, así es, TODO había desaparecido. Si mal no recuerdo, un total de mil quinientos dólares, o algo así.


Según sabíamos, había conseguido un préstamo para financiarse sus gastos y pasar aquellos días mágicos con holgura... y ahora de repente, en el primer día, todo se había esfumado, sin dudas gracias a las malas artes de algún carterista del metro. Un frustradísimo Peregrino Morado tuvo el instintivo arranque de querer volver a la estación, pero como también es demasiado inteligente, se detuvo de inmediato, pues comprendió lo fútil de hacer aquello. Así que lanzó una maldición y luego nos dijo que se volvía a casa de inmediato, total que para él el viaje había perdido toda su gracia. Allí en la acera tuvimos que reunir nuestros esfuerzos para convencerlo de que, primero, eso iba a estar complicado porque no sólo cambiar fechas y reprogramar los trayectos de regreso no iba a ser fácil, sino que además ameritarían una multa que, precisamente, nuestro compañero Morado no iba a poder costear. También hubo que disuadirlo de quedarse en Madrid encerrado en su habitación, simplemente porque nos íbamos de la ciudad al día siguiente y entonces... pues no iba a tener habitación, y no era cuestión de que estuviera diez días viviendo como indigente en la Gran Vía, si eso era posible.


Un poco porque el sentido común se lo dictaba, pero también porque no tenía la menor intención de amargarnos el viaje, poco a poco  el Peregrino Morado se resignó. Así que llevando sobre nosotros una nube oscura caminamos el casi un kilómetro que nos separaba del hotel Alcalá, donde nos registramos rápidamente y nos repartimos entre las dos habitaciones que habíamos reservado. Por una convención decidida anteriormente, durante todo el viaje compartiríamos habitaciones (cuando se diera el caso) en parejas fijas, el Peregrino Amarillo (o sea yo) con el Peregrino Negro, y el Peregrino Gris con el Morado (que al fin y al cabo son hermanos).


Un mini peregrinaje a un templo distinto.

Nuestro hotel, el Alcalá Norte, aparecía como de tres estrellas, pero en realidad su calidad, para los estándares de aquellas fechas, era superior. De hecho en mi opinión fue el mejor hotel de todo el viaje, aunque tiene el gran pero de que está situado muy lejos (algo más de novecientos metros) de la estación de Suanzes que es la más cercana. Eso sí, si vienes en auto alquilado, el parqueo es gratis y entonces resulta tener una ubicación genial. Ahora pertenece a la cadena Ilunion, y ha subido a cuatro estrellas, por lo que es un poco más caro por noche que cuando fuimos nosotros (unos 150  dólares la noche) pero si no tienes necesidad de ahorrarte gastos y como dije antes dispones de automóvil rentado, es una opción muy buena.


El Peregrino Negro y yo nos instalamos rápidamente en nuestra habitación. Cuando estaba tomando posesión de mi cama, colocando la mochila encima y sacando la cámara de mi pantalón... me di cuenta de que ya no había cámara alguna que sacar de mi pantalón.

Sinceramente, me dio risa. No una risa escandalosa, pero sí una que contradecía lo que debería ser para mí una desgracia. Y es que al comparar mi pérdida con la del Peregrino Morado, aquello de alguna manera me pareció chistoso.  Le informé al Peregrino Negro lo que me había ocurrido, y sólo me dijo "bueno, advertidos estaban".

Sinceramente, no sé si en mi caso se trató de un robo, que bien pudiera ser, porque de alguna manera sigo convencido de que lo que sucedió es que la cámara simplemente se me cayó en algún lado, en los trayectos en las estaciones de trasbordo. Pero daba igual: el caso es que ese primer viaje en el Metro de Madrid había sido nefasto.


Nuestro capitán, como buen comandante, inmediatamente se puso a hacer cuentas para ver cómo le subía la moral al desolado Peregrino Morado. Al fin y al cabo (no sé si se los había dicho) es su sobrino, y pensó en reducir su propio presupuesto para darle de su bolsillo unos 150 euros. Luego se fue a conectarse en una de las computadoras del lobby (en ese entonces los celulares eran bastante brutos y conectarse a la red estaba fuera de sus capacidades), para comentarles el incidente a sus hermanos, el padre y la tía del damnificado, quienes de inmediato hicieron buchaca común y prometieron que para el día siguiente iban a transferir 300 dólares. Así que antes de que anocheciera en ese día, el Peregrino Morado, gracias a las gestiones del  capitán Negro, se había hecho con casi quinientos dólares, que eran apenas la tercera parte de lo que había presupuestado, pero que, si tenemos en cuenta que mi propio presupuesto para todo el viaje eran unos 300 dólares, no estaba para nada mal.


Ya con esas noticias en su chistera, el Peregrino Negro (acompañado por su escudero el Peregrino Amarillo) subimos a la habitación de los peregrinos Gris y Morado. Este último no quería ni hablar, pero su tío le calmó diciéndole que esas cosas pasan, que no son bonitas pero pueden pasar y no por eso hay que permitir que agríen la leche.  Que lo mejor del viaje estaba por venir, y que no requería tanta plata. Y que, además (y yo casi pude ver el conejo saliendo de la imaginaria chistera), entre sus tíos y su papá habían conseguido reunir un pequeño capital (ni tan pequeño) para que pudiera pagarse sus gastos. Sí, ya no podría comprarse tantas cosas como hubiera querido (especialmente recuerdos del Real Madrid), pero para las cosas fundamentales, como alimentación y hospedaje, ya había quedado cubierto.


Desde luego, comprendíamos todos que la música iba por dentro, y que aunque se le había solventado la inopia monetaria, no hacía falta tener mucha imaginación para suponer que al Peregrino Morado le fastidiaban por lo menos dos probables cosas: primero, que de regreso a Costa Rica iba a tener que pagar por un dinero que en ese momento debía estar disfrutando algún cabrón, y segundo, la posible sensación de sentirse estúpido (él, uno de los más inteligentes de la familia) por haberse dejado robar así, aunque quizá en este segundo aspecto no lo tuviera tan claro.


Sobre lo primero no podíamos hacer nada, porque era de esas cóleras tan justificadas que no hay modo de voltearlas para que se vean mejor. Todo el que ha pasado por esa experiencia tan amarga sabe que es de lo más difícil de tragar en la vida.  Pero en cuanto a lo segundo, allí aproveché para comunicar, para mi oprobio personal pero para la salud del grupo, que a mí también me habían robado (lo dije así, aunque como ya conté creo que la historia fue otra). Lo conté en plan "si yo que ya soy viajero curtido me pasó, imagínese a usted, que es su primera experiencia". Desde luego, yo mismo en ese entonces no era un viajero demasiado experimentado, pero eso él no lo sabía. Y en todo caso sí que lo era más que él. Creo.


La cereza del pastel en esa terapia anti choque fue la sugerencia, casi orden, de nuestro capitán a salir de inmediato hacia el Santiago Bernabéu, aunque fuera a visitarlo por fuera. Y luego ir a cenar en la Gran Vía. Originalmente habíamos pensado no movernos lejos del hotel para descansar de tanto vuelo, pues al día siguiente empezaba nuestra aventura hacia el Camino de Santiago y además al regreso del peregrinaje grande íbamos a disponer de un par de días en Madrid. Pero nuestro sabio gurú comprendió que la sanación moral empezaba por ponernos en movimiento, aunque fuera por unas horas, y no quedarse en la habitación rumiando el percance. Siendo los cuatro madridistas, el peregrino Morado es el más rabioso del cuarteto, y la sola expectativa de ver con sus propios ojos al estadio sede del Real Madrid hizo que no pudiera reprimir un ilusionado brillo en sus ojos, que superó sin esfuerzo cualquier capa de rabia y de frustración. Además, francamente en torno al hotel no se veía cerca ningún local donde cenar, y hacía su buena hambre. 


Así que nos dispusimos a hacer un primer, pequeño peregrinaje hacia lo que para nosotros, madridistas de corazón, los cuatros, es también un templo: el estadio Santiago Bernabéu era, como para millones de personas en el mundo, nuestra Gran Meca futbolera.


Desde luego, para llegar a Chamartín debimos subir el kilómetro que nos separaba de la estación de Suanzes y viajar de nuevo en el Metro. Instintivamente, por un momento, los cuatro hicimos lo mismo, pensando quizá que ninguno de los otros tres se iba a dar cuenta: mirábamos ansiosamente hacia cualquier rincón en el piso, por aquello de que por algún milagro (que al final no se dio, claro) apareciera lo desaparecido.


Es difícil de describir la sensación de emerger por la estación del Santiago Bernabéu, en el cruce de Plaza de Lima, sobre la Castellana y Concha Espina, y encontrarse con la esquina suroeste del majestuoso estadio Santiago Bernabéu.  Para un seguidor del Real Madrid es una explosión de logro profunda, extraña, quizá un poco patética al tenor de tantas otras cosas verdaderamente graves o trascendentales que pasan en el mundo, pero por algo Jorge Valdano o Arrigo Sacchi (a estas alturas ya no se tiene claro quién fue el responsable), cualquiera de los dos, legó al mundo la frase que mejor define al deporte rey: "el fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes".


Pero si para mí, el peregrino Negro y el Peregrino Gris aquel encuentro con nuestro Valhalla fue mágico, para el Peregrino Morado fue claramente catárquico: para ser, como efectivamente lo es, un persona bastante flemática en general, hubo un gesto que reveló cómo le había llegado al corazón aquella visita, pues más que un par de ocasiones le pudimos ver tocando devotamente los muros del Bernabéu, casi como si estuviera orando frente al Muro de los Lamentos en Jerusalén.


Dimos la vuelta entera a la cuadra donde se asienta el estadio, que si bien no fueron las siete vueltas que dan los musulmanes en torno a la Kaaba, sí que la dimos con cierta reverencia. Luego de eso, volvimos a la estación del metro para alimentarnos, que bastante falta hacía porque, haciendo cuentas, desde la comida en el avión de Air France (¡veinte horas antes!) y salvo algún tentempié en el Charles de Gaulle, nuestros estómagos no habían recibido un bastimento adecuado.



La vista más reconocible de La Gran Vìa en Madrid, con el edificio Metrópolis enfrente.
Eran casi las diez de la noche cuando llegamos a La Gran Vía, que tan hermosa se ve de noche. La recorrimos un poco y no sé con qué criterio seleccionamos uno de sus restaurantes, donde los de la habitación A (el Peregrino Negro y el Amarillo) pedimos pollo asado con ensalada y el Peregrino Gris, que por cierto bien podría ser definido el más hipster de aquel grupo (bastante antes de que el término cundiera) y el que tiene más background cultural, intelectual y artístico de toda nuestra familia, se decidió por una aventura gastronómica nueva, y pidió cordero, que para un costarricense es algo bastante exótico. El Peregrino Morado, todavía sacudido, no pidió nada (entre que no tenía plata a causa del robo y no tenía apetito a causa de la rabia no estaban las cosas como para hacer gastos, imagino que pensó, porque es lo que todos pensamos que pensó cuando no quiso ordenar nada del menú). Al final, luego de casi todo un día sin comer, desde luego que algo de hambre sintió, pero como ya era tarde para pedir porque el resto de nosotros iba terminando, recibió el auxilio de su hermano el Gris, quien prudentemente le había guardado una generosa porción de su paletilla de cordero.

Ya bien alimentados, regresamos al hotel en el Metro (afortunadamente el de Madrid funciona hasta las dos de la mañana) por la línea verde, la única que requeríamos, y a eso de la una de la mañana nos dispusimos a dormir. Nos esperaba un largo viaje en autobús el día siguiente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario