jueves, 13 de abril de 2017

Dos vuelos extraños.

De Caracas a París (con jugo de naranja).
Cuando me instalé cómodamente en mi asiento del enorme 747, no sabía dos cosas: una del momento y otra a futuro.

Empecemos con lo que supe por estos días, que son el futuro de aquella fecha en Caracas. Resulta que para cuando escribo este blog, ya se ha anunciado que Air France retirará de su flota sus últimos tres B747. Tiene lógica, puesto que su flota es más bien Airbus, y toda linea aérea que quiera ser exitosa financieramente busca que su flota sea uniforme (eso hace más eficientes las labores de mantenimiento y el entrenamiento de sus tripulaciones). No sé si el Jumbo Jet en el que viajé pertenece a esos tres, pero como no creo que vuelva a volar con Air France antes de que se de la retirada de esas tres aeronaves, significa que puedo incluir en mi currículo viajero que yo sí viajé en un B747 de Air France.


Eso sí, fue un vuelo cuando menos peculiar, porque de pronto me encontré conque eran las 4,45 de la tarde (hora de Caracas, claro), que iba a ser la hora de salida del vuelo, y aunque las puerta ya estaba cerrada, no había señal alguna de desplazamiento del avión. Continuaba firmemente adherido a la rampa de ingreso, como si fuera un cordón umbilical. Llegaron las cinco de la tarde, las cinco y cuarto... y entonces se hizo patente que algo pasaba que no era regular.

Pronto cundió entre los pasajeros la explicación al retraso: se escuchó que se llamaba al pasajero "Jaramillo Pastor", que nunca dijo presente. La conclusión que en ese primer momento era más bien un rumor se espació rápidamente: era claro que se había registrado alguna maleta o pieza de equipaje con el nombre de ese tal Pastor Jaramillo, pero no había constancia de que hubiera ingresado a la cabina de pasajeros. Más o menos una hora y media después llego la confirmación oficial por parte del piloto. Efectivamente, dado que Pastor Jaramillo no había aparecido, se estaba registrando pieza por pieza todo el equipaje en la bodega.

Más o menos a las 8 de la noche, o sea poco más de tres horas después de la hora original de salida, se nos informó que el problema había sido resuelto. Yo realmente no me enteré de cuál había sido esa resolución, pero me sentí aliviado porque eso significaba, según yo, que por fin nos íbamos. Pero resultó que no. Según continuó informándonos el piloto, todavía debíamos esperar una hora más, porque no había espacio en rampa para recibir nuestro vuelo en París.

Mientras la espera se prolongaba, un grupito de pasajeros nos hicimos cuates de Yves, uno de los sobrecargos, que nos entretuvo un rato haciendo magia. Nos hizo el truco en el que se toma un pañuelo, se mete en el puño de la mano, y luego la mano se abre y voilà (nunca mejor dicho) el pañuelo ha desaparecido. Con los años ya aprendí el secreto del truco, pero no lo voy a contar para no romper el misterio a quien no lo sepa. Aquí les dejo un vídeo con el truco que, no por sencillo y añejo, deja de impresionar.


Al final, el vuelo comenzó a las 9 y 35 de la noche. Sumado a las nueve horas de vuelo que nos esperaban, es el lapso más largo en que he estado dentro de un mismo avión, en total doce horas. A ver si alguna vez rompo ese récord personal.

De París a Madrid (prisas, retraso y náuseas).
Ya en el aire, se nos anunció al pasaje que debido al retraso Air France debía arreglar nada menos que 310 conexiones, lo que nos alivió un poco la incertidumbre sobre nuestro siguiente vuelo.

Siempre me impresiono cuando un gran jet de pasajero levanta el vuelo. Aunque comprendo los principios físicos que gobiernan el fenómeno, no deja de parecerme un milagro que ocurra. Y el efecto se magnifica en el caso de un 747, criatura enorme que, al menos esa fue mi sensación, tarda bastante en elevarse, y lo hace lento, como pesadamente, como si le costara desperezarse. Eso sí, ya cuando alcanza las alturas, es el aparato volador más estable que puedas imaginar, tanto que más que en ningún otro pareciera que continúa firme en el suelo.

En cuanto alcanzamos la altitud de crucero, nos sirvieron la cena. No recuerdo bien qué otras cosas había en la bandeja (todas deliciosas) pero lo que sí me quedó en la memoria y en mi paladar fue un sufflé de mora que ha sido lo mejor, por lejos, que se me ha servido en un vuelo.

Inmediatamente después de eso, se nos indicó que bajáramos la persiana de las ventanillas... y a dormir. En mi caso, dormí unas cuatro horas, o sea más o menos la mitad del vuelo. Mis acompañantes y la mayoría de los pasajeros permanecían inconscientes. Entreabrí la cortinilla de la ventana y pude ver que ya había sol.  

Como suelo hacer cuando ya me cansa mi posición sentado, me coloqué como de rodillas, apoyado en el respaldar del asiento, viendo hacia atrás... y descubrí que había un grupo de cuatro o cinco en una especie de barra en medio del avión por detrás del ala. Seré curioso, pero me levanté y descubrí que había bebidas no alcohólicas gratis para el que quisiera. 

Así que me instale allí, libando profusamente jugo de naranja, y viendo las aguas azul-grises del Atlántico a mis pies. Me mantuve en "mi" puesto incluso cuando, a lo lejos, se empezó a ver la costa norte de España, que yo bien sabía que era la región por la que iba a caminar (¡y cómo!) dentro de un par de días.

Como va a ser costumbre en este blog, aquí les dejo un vídeo que monté con retazos prestados (las fuentes se indican en la página de Youtube donde inserto los clips de este blog) para darles una idea de cómo fue aquel, mi primer vuelo transatlántico, por si quieren echarle un vistazo.

No me senté sino hasta que el piloto anunció que iniciábamos el descenso final, que se hizo efectivo a las 11,45 de la mañana (recuerden, siempre en hora local), lo que significaba que el vuelo que habíamos reservado para seguir el viaje había partido dos horas antes. Veinte minutos después de haber tocado pista (fue un aterrizaje muy suave), ya estábamos corriendo por el aeropuerto Charles de Gaulle para ver cómo se nos arreglaba lo de la conexión hacia Madrid, que en realidad resultó sencillo: ya nos habían asignado el vuelo AF 2700, que salía a las 2,20. Lo que sí estuvo rudo fue pasar por migración, pues había una fila enorme y a la pereza de hacerla se unía la desesperación de que ya habíamos perdido nuestra conexión y no sabíamos cuál sería nuestra suerte. Astuto, nuestro capitán el Peregrino Negro le indicó al Morado que se colocara en un puesto que estaba vacío, y resultó que 30 segundos después apareció otro oficial y lo abrió. Decir que nos hicimos suspendidos detrás de nuestro compañero es quedarse corto. Si bien el oficial se tardó su rato en cada uno de los cuatro, ya a los diez minutos habíamos atravesado esa barrera, que en la fila original nos hubiera significado quién sabe cuánto tiempo más. Al llegar al stand de Air France, el personal muy atento nos indicó el vuelo que nos habían asignado y lo demás fue esperar en una de esas enormes sala de espera común CDG, que de alguna manera me resultó muy acogedora, a pesar de la multitud y su amplitud.

A eso de la 1,30 de la tarde empezó el abordaje. Mientras lo hacíamos, observé que había una señora con cara de angustia, que entraba al avión acompañada por un grupo de adolescentes. No recuerdo cómo me enteré, pero supe que se trataba de un grupo artístico juvenil, que por lo visto había ido de gira a algún lugar de Francia y regresaba a España. Un señor, que resultó ser el esposo de la dama en cuestión, llegó un momento y aunque no escuché lo que decía (o tal vez sí, y por eso inconscientemente pude formarme el cuadro de lo que pasaba... instintos de metiche que debo tener, imagino) se notaba que trataba de tranquilizar a su mujer. Al final, abordó ella y sus acompañantes, pero el grupo iba incompleto: el esposo se había quedado si abordar. Casualmente por el hecho del que el señor no abordaba, el vuelo se retrasaba, y se retrasaba... Por lo que averigüé, uno de los pupilos (o pupilas) del grupo o bien se había enfermado o tuvo problemas con su pasaje, y el esposo, en su papel de tutor, se había quedado fuera del avión a ver si se resolvía el problema. Al final, se cerraron las puertas sin que el esposo ni el (o la) estudiante en problemas abordaran, dejando a su grupo preocupado y a la esposa en angustiado llanto (literalmente).

Son esos pequeños dramas que de vez en cuando se ven en los viajes los que nos recuerdan que viajar es placentero, es educativo, pero debe uno estar preparado por si acaso las cosas se tuercen de camino.  De hecho, en todos mis viajes han ocurrido cosas que me han obligado a improvisar soluciones, o incluso a sentarme casi que a llorar porque en su momento me dejan abandonado en el espanto de no saber qué sigue después. Ya lo verán si siguen leyendo las entradas de este blog.

El caso es que el vuelo comenzó con esos dos pasajeros de menos. A esa anécdota se suma un hecho muy curioso: siendo aparatos diseñados para soportar cientos de toneladas de peso, tanto en tierra como en el aire, por lo general cuando uno ingresa a un jet comercial apenas si se siente alguna que otra vibración proveniente de los pasos de las personas que van entrando. Pero en este avión, que creo que era un Airbus 310 (pero no me crean mucho), la entrada de los pasajeros provocaba un bamboleo bastante pronunciado, como si en lugar de estar en tierra estuviera flotando en el agua. Vamos, que parecía más una balsa que un jet comercial. Esto en principio me resultó interesante y simpático, pero lo que no esperaba era que el comportamiento bamboleante del avión continuase, y muy pronunciado, durante el vuelo.

Ha sido el vuelo más agitado que he experimentado. El cacharro ese (con perdón de Airbus, que sé que invierte miles de millones en el diseño de sus aeronaves) se movió como ningún otro que yo haya abordado. Tanto, que la mitad de los pasajeros corrieron al baño del avión apenas tocó la pista de Barajas.  Yo mismo, que no tengo un estómago demasiado sensible, tuve mis lapsos en los que me invadieron náuseas tremendas, que por suerte se me pasaron rápido.

El vuelo despegó a las 3,14, con casi una hora de retraso.  Eso nos trastocó el plan que teníamos de visitar el estadio Santiago Bernabéu, puesto que íbamos a llegar mucho después de que cerraran el museo. Pero en fin, era lo que había.

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