jueves, 13 de abril de 2017

Hacia las Europas...

La promesa cumplida

No recuerdo la fecha, ni la razón, pero tendría yo unos veinte años cuando, de visita en casa de mi abuela paterna, me acerqué a la mecedora donde nuestra Gran Matriarca contemplaba serenamente el devenir de los tiempos y así, sin más, le solté: "Abuela, ante usted le hago la promesa de que algún día voy a viajar a Europa".

Sin siquiera pestañear o demostrar extrañeza alguna por ese exabrupto, me miró un par de segundos y simplemente dijo: "pues ojalá se te cumpla". Y eso fue todo. Al menos para ella, que de seguro hizo borrón y cuenta nueva apenas desaparecí de su vista, pero para mí aquella declaración suya fue como una bendición venida de lo alto, y supe que sí, que algún día mis pies iban a hollar los suelos europeos.

De lo que no tenía idea era de que iban a pasar muchos años (ni sé cuantos, pero demasiados) para que aquella bendición surtiera efecto, y que además mis pies sí que iban a caminar por aquellas tierras... y por su historia.


El caso es que yo reflexionaba en todo eso cuando entré a la recepción del Aeropuerto Juan Santamaría, a las 7 y 30 de la mañana. Allí estaba ya en ansiosa espera el Peregrino Negro, jefe  oficioso de la expedición, quien me saludó con un efusivo abrazo no tanto por la emoción del inicio del viaje (que también) sino porque con mi presencia se empezaba a completar el cuarteto de viajeros. Su alivio (y el mío) se hizo pleno cuando vio a los peregrinos Morado y Gris atravesar la puerta de ingreso y saludarnos sin demasiada efusión, aunque con la contentera por dentro.
Aeropuerto Internacional Juan Santamaría, punto de inicio de casi todos mis viajes.

El chequeo previo al vuelo se realizó sin ningún problema, y pronto estuvimos en la sala de espera. Nuestro viaje por los aires era vía Caracas-París-Madrid. El primer tracto era con Avianca (vuelo LR 631), que presuntamente debía salir a las 10,35. Ya en la sala de espera 4 (si mal no recuerdo) nos dimos cuenta de que no había avión alguno, notable vacío que se nos explico rápidamente: por cuestiones de tráfico, el vuelo venía atrasado. Sería el primero de muchos sucesos "fuera del guión" de un traslado hacia España por demás curioso.

El abordaje comenzó más o menos cuando el vuelo supuestamente debía haber partido, pero fue bastante rápido, porque el vuelo no iba lleno. No me tocó ventana, algo que en aquellos tiempos me contrariaba, pero yo sabía de previo que mis posibilidades de obtener el asiento de la ventanilla en cada vuelo se reducían al 25 %, y además mi compañero de asiento, el Peregrino Gris, era novato absoluto en eso de volar, así que aunque tímidamente traté de engatuzarlo a ver si me cedía la ventanilla (a lo mejor le daba miedo, o qué se yo), ví que no había terreno fértil para esa batalla, así que me conformé. De todos modos, me dije, aquí sí que lo importante es el destino.

A las 11,40 de la mañana, por fin, empezamos a movernos. Empezaba mi primer viaje a Europa.

De paso por Maiquetía
Nuestro vuelo arribó al Aeropuerto Internacional de Caracas a las 4,15 de la tarde, hora local.

Nuestro segundo trayecto, el que nos haría atravesar el Atlántico, salía a las 4,45. Es decir, teníamos apenas media hora de margen, lo cual significaba que cuando por fin salimos del avión de Avianca ya había empezado el abordaje en nuestro siguiente vuelo, que era con Air France, hacia París.
Aeropuerto Internacional Simón Bolivar, en Maiquetía, Caracas.

Por suerte, no hubo demasiados trámites, aunque sí debimos abordar un bus interno que nos trasladó hasta la sala donde abordaríamos el siguiente vuelo. Vi que nos acercábamos a un enorme Boeing 747 de Air France y supe que ese iba a ser nuestro avión, lo cual le daba un plus a la experiencia, pues sería mi primera vez en un Jumbo Jet.
Aunque con cierta angustia por miedo a que no llegáramos a tiempo, cuando me di cuenta ya estaba sentado dentro del inmenso avión y ¡albricias!, me tocó ventanilla... aunque justo en el medio del ala. No iba a poder ver nada, sobre todo porque cuando vi hacia afuera pude contemplar en toda su magnitud lo enormes que son las alas de un B747. Luego aprendí que en realidad en el vuelo transatlántico no se ve absolutamente nada, sobre todo si es nocturno, y si es diurno, sólo se ve el océano, por horas y horas, o sea que no es tampoco que me estaba perdiendo de mucho.

Aquí tengo que contar algo simpático: yo soy bastante petizo, sin llegar a ser enano. Pero mis primos y compañeros de viaje era (son) rotundamente altos. Ninguno de ellos baja, creo, del metro ochenta y cuatro. En mi caso, salvo el sobrepeso que siempre he padecido, mi pequeño empaque resulta una ventaja durante los viajes, pues durante los vuelos, por ejemplo, siempre encuentro que tengo mucho espacio entre mi asiento y el delantero. Y nunca mejor ejemplo de ello como en esta ocasión.

Resulta que el Peregrino Negro y el Morado, los más masivos del grupo, hablaron con una sobrecargo a ver si habían quedado libres los asientos junto a alguna puerta, que por regla general siempre tienen mucho espacio delante de ellos. Tuvieron suerte, porque sí les cedieron esos asientos. De lo contrario hubieran viajado ocho horas literalmente encogidos. Lo que resultó gracioso fue que no contaron con algo: si bien había conquistado una espaciosa holgura hacia el frente, había sido en detrimento de la anchura. Resultó que los asientos que les asignaron eran más angostos que los regulares, así que apenas si entraban. Literalmente.

Yo, en cambio, me acomodé de lo más bien en mi asiento junto al ala, a esperar que el vuelo comenzara pronto. Fui muy, pero muy optimista.



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