viernes, 24 de marzo de 2017

España: Mi primer "brinco al charco".

Peregrinos de colores.
Mucho antes de "El Peregrino" de Paulo Coelho, yo había forjado un deseo: recorrer el Camino de Santiago. Francamente no recuerdo el origen de ese anhelo, ni siquiera cómo fue exactamente que tuve el primer conocimiento de la existencia de ese peregrinaje, el único que se conserva de los tres grandes que se realizaban ya en la Edad Media. Y de las tres rutas posibles, concretamente me atraía el Camino Francés, que discurre por todo el norte de España y empieza en Roncesvalles, desde Francia, y que es el recorrido por antonomasia de ese peregrinaje.


Imagino que todo comenzó por mi fascinación por España. De eso sí que tengo claridad sobre el germen de mi interés: la primera vez que leí el Quijote yo tenía como 13 años de edad, y me encantó, pero recuerdo que en esa impresión en particular en una de las contratapas aparecía la estatua en honor a Cervantes en Madrid, con un hermoso edificio de unas 25 plantas al fondo, que luego aprendí que se llama Edificio España. En mi mente febril de pre adolescente surgió entonces el deseo de algún día pararme allí, frente al monumento a Cervantes, con el edificio España al fondo. Eso me hizo interesarme por Madrid en primer lugar (fue por esa época cuando me convertí en seguidor del Real Madrid, dicho sea de paso) y luego ir ampliando mi visión apasionada por ese país a lugares como Granada, con su maravillosa Alhambra, Valencia y sus fallas, y Barcelona, que aunque su equipo no conquistó mi corazón, la ciudad sí, por La Sagrada Familia y sobre todo después de las olimpiadas de 1992, que siempre me han parecido las más brillantes de la historia, aunque fuera nada más que por su ceremonia de inauguración.

No es difícil imaginar que en alguna de mis investigaciones sobre ese país que me parecía fabuloso apareció por allí el Camino de Santiago. Cuanto más aprendía sobre el mismo en Internet, más ansiaba que llegara el día en que se hiciera realidad ese viaje mágico.


La oportunidad se presentó en 2007. Yo le había comentado a uno de mis primos más queridos sobre el Camino (así, con mayúscula, como se le denomina familiarmente). En esos tiempos trabajaba yo en una empresa de la cual él era el propietario, y un día de febrero apareció por la puerta de mi oficina y así como si cualquier cosa me invitó, pagándome él mi pasaje, a ir a España. Me explicó que luego de haberme escuchado tan entusiasta con respecto a ese peregrinaje, había decidido hacerlo, y le pareció más que lógico y pertinente que yo lo hiciera. Así que me sugirió acompañarlo, solventando él los tiquetes de avión, e instándome a que juntara cuanta chochosca pudiera para pagarme los hospedajes, traslados y alimentación.


Desde luego, no me iba a poner en el papel de rogado, y acepté. En un principio tanto él como yo pensamos que iríamos ambos solamente, pero pronto en nuestra familia la noticia cundió, y casi de la nada se formó un grupo de siete potenciales peregrinos. Al ser siete, surgió dentro una iniciativa colorida, por decir lo menos: sabido es que el siete es el número de la perfección, la espiritualidad, el intelecto, la sabiduría. Su recurrencia desde la antigüedad es innegable: había siete planetas, siete metales, siete mares, siete días de la semana, siete notas musicales, siete brazos en la menorá (el candelabro judío), siete pecados capitales, siete dones de Espíritu Santo, siete plagas asolaron a Egipto, y hasta los enanos de Blancanieves eran siete. Pensamos entonces en escoger una de esas listas y asignarle un sobrenombre según cada peregrino y su personalidad. La lista que imperó fue la de los siete colores del arco iris, aunque escogimos cada color más por su presunto significado místico o emotivo, aunque no correspondiera exactamente con los del dichoso arco iris. Fue así como pasamos a ser el peregrino Blanco, el Negro, el Gris, el Morado, el Amarillo, el Verde y el Índigo, y voy a aprovechar eso para seguir llamando así a cada personaje del grupo, manteniendo de paso su anonimato. Además cada uno escogió un animal emblema, de modo que fuimos, en el mismo orden, el halcón, el corcel, el jaguar negro (pantera), el tigre, el oso grizzly y el perro. Sólo el peregrino Índigo no escogió animal representativo. En adelante voy a aprovechar esos sobrenombres para denominar a cada peregrino y preservar así su privacidad.


Mi primo-jefe era el peregrino Negro y el jaguar negro, mientras que yo fui el peregrino Amarillo y el tigre. Descubrí que el felino negro de nuestro grupo era al menos tan obsesivo como el amarillo en cuanto a investigar de previo el destino donde viajar, y por eso entre ambos terminamos siendo expertos en el camino, en temas como la vestimenta apropiada para la época en que íbamos, cómo llegar a nuestro punto de inicio, los albergues que encontraríamos en la ruta trazada, las curaciones del peregrino, muy interesantes porque luego del peregrinaje, por ejemplo, nunca he tenido problemas si me aparecen ampollas en los pies (luego les cuento el truco).


Al final se decidieron tres cosas: que además del Camino de Santiago, haríamos un recorrido por el sur de España, para visitar Córdoba, Zaragoza, Granada, Valencia y Barcelona; que del Camino mismo sólo recorreríamos la porción correspondiente a Galicia; y que las fechas del viaje serían del 14 de junio al 7 de julio.


Desgraciadamente, tanto por cuestiones de fechas como de financiamiento del periplo, los presuntos peregrinos Verde, Blanco e Índigo se vieron obligados a desertar, por lo que la Hermandad de los Peregrinos quedó reducida a cuatro integrantes.

Sólo quedaba, entonces, dar inicio al viaje.

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