Domingo, 19 de diciembre de 2004
Tehotihuacán
Para el día siguiente, se nos citó al grupo que nos hospedábamos en el Hotel San Francisco a las 8,30 de la mañana, con la severa advertencia de que quien no estuviera puntual simplemente se perdía la excursión propuesta, que era ir a las pirámides y luego a la basílica. Me quedó la duda de si esa advertencia era usual para todo turista sin importar su nacionalidad, o si era dedicada con cierta exclusividad a los ticos, famosos por nuestra impuntualidad. Tengo la impresión de que la verdadera es la segunda opción.
El caso es que los diez de nuestro grupo estuvimos puntuales… y el que llegó tarde fue el guía. Resultó llamarse Carlos, y llegó muy elegantemente trajeado, disculpándose porque, según dijo, el tráfico los había traicionado. Y digo "los", porque había que contar con Sergio, el conductor del autobús. El caso es Carlos y Sergio aparecieron como a las nueve y diez, con el agravante de que éramos el primer grupo, pues había que pasar por otro hotel (no recuerdo cuál) a recoger un segundo grupo, por los rumbos del monumento a Cuauhtémoc. Recogimos a ese grupo, que eran como cuatro personas, a eso de las diez de la mañana, pero eso no significó que la excursión comenzara de inmediato: hubo que pasar frente a las oficinas de Turismo Lucy, que es o era (o así nos lo dijeron) la agencia, por decirlo así, “especializada” en atender a los ticos que visitan México (de allí mi impresión de que la advertencia en cuanto a la puntualidad no era tan internacionalizada). Allí, nos saludó el dueño de la empresa, quien además revisó la lista, y que todos estuvieran bien, aparte de responder entre otras preguntas cómo estaba el asunto de la reconfirmación del tiquete de regreso (hecha por mí, que por cierto nos afirmó que por eso no nos preocupáramos, cosa que luego resultó no ser cierta… pero luego les cuento).
Al final, a eso de las diez y media de la mañana, por fin, el autobús inició su viaje hacia las pirámides. Sin ningún otro motivo que el hecho de habérmelo encontrado vacío, me senté en el asiento delantero, del lado de la puerta, que luego resultó ser el lugar perfecto.
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| La pirámide del sol (como se le conoce) desde el autobús. |
Pero tampoco fue que nos hicieron ingresar al área arqueológica de inmediato. El autobús dio algunas vueltas, para llevarnos ante una casona donde venden artesanías. Frente a ella se nos hizo una explicación sobre cómo se hace el pulque y el tequila, se nos dio una probadita de ambos, y me sucedió la segunda gran omisión del viaje: tenía mucho tiempo de preguntarme por qué en ciertas ocasiones, al beber tequila la gente golpea el vasito contra la mesa. Sé que me explicaron la razón… pero se me olvidó, y ahora sigo ignorándola…
Por fin, siendo ya más o menos las doce y media, el autobús nos llevó a uno de los accesos al sitio arqueológico. Si mal no recuerdo, era la puerta B. La cuestión es que entramos cerca de la pirámide de la Luna, pero antes de bajar Carlos nos advirtió que estuviéramos en el bus al ser la una y media, que quien no llegara quedaba librado sus propios medios. La puerta B era poco más que una cerca con un portal rústico. Había un sendero como de trescientos metros que daba directo a la Calzada de los muertos, frente a la pirámide de la Luna, al lado del cual había pasto seco que se estaba quemando, con llamas pequeñas y lentas, pero que resultaban fascinantes al ver cómo iban creando una mancha negra y definida cada vez más grande. Por fin, luego de toda una vida deseando estar en una zona arqueológica importante a nivel mundial, me vi siendo uno más de los millones de visitantes que, durante siglos, han llegado a Teotihuacán y se han asombrado por su magneficiencia.
Cumpliendo a cabalidad con su función, Carlos nos guió por el así llamado Palacio de Quetzalpapalotl y sus instalaciones adyacentes, donde lo que más llamó la atención del grupo fueron los baños termales. Luego salimos por fin a recorrer la mal llamada Calzada de los Muertos (que en realidad no era, originalmente, una calzada, sino una sucesión de plazoletas), todos detrás de Carlos, de quien ya en ese momento decíamos que era igualito a Jorge Luis Pinto, entrenador de la selección de Fútbol de Costa Rica en ese momento (que luego fue despedido y años después recontratado, guiando a la Sele a su brillante papel en el Mundial de Brasil 2014) . Y pronto nos vimos por fin frente a la imponente Pirámide del Sol.
Con un perímetro similar al de la Gran Pirámide de Keops en Egipto, la Pirámide del Sol ha tenido ese aspecto desde que fue “restaurada” por el arqueólogo Leopoldo Batres, alrededor de 1910. Y si digo “restaurada”, así, entre comillas, es porque hoy se sabe que la reconstruyó mal: no sólo le incorporó elementos que no le pertenecían originalmente, sino que aparentemente el trazado de sus escalones tampoco fue hecho como se debía. Además, se perdió para siempre una especie de templete que tenía enn la cúspide, pero eso fue mucho antes, por gestiones del Obispo Zumárraga, el mismo al que se señala como protagonista en la aparición guadalupana.
En todo caso, el reto para cualquiera que llegue a Teotihuacán es subir a la cúspide de la pirámide, a 63 metros de altura, lo que requiere pisar todos y cada uno de sus 242 escalones (otros dan cifras 246 o incluso de 260). Mis piernas definitivamente no estaban acondicionadas para subir más de diez escalones cada cierto tiempo, pero mi determinación de llegar a la cima de la pirámide era firme, así que me no hubo dudas en mi mente cuando ingresé a una especie de rampa que es la que da inicio a la escalada (hay dos, una a la derecha que usualmente utiliza la gente para iniciar la subida, y una a la izquierda que es la del regreso desde a pirámide).
La pirámide está dividida en tres segmentos, que son una suerte de descansillos para el que sube. Pero yo no iba ni por la mitad del primero cuando me di cuenta de que la cosa iba a estar ruda. Ni imaginarse (al menos en mi caso) hacer la subida de un tirón. Apenas un minuto después de comenzar a subir los escalones, ya me faltaba el aliento. Por un instante pensé en renunciar. Total, andaba solo… ¿quién se iba a dar cuenta? Pero yo sí quería poder decir que estuve en la cima, y no iba a renunciar tan fácil. Así que me tracé un plan simple: iba a subir veinte escalones y luego descansar hasta recuperar el aliento, para luego subir otros veinte… etc. El sistema funcionó: en menos de quince minutos pisé el último escalón, y llegué al montículo que quedó luego de que el Obispo Zumárraga hiciera demoler el templo o altar que presuntamente había allí.
Y feliz de mi triunfo, mientras disfrutaba de una brisa fría y refrescante que era muy bienvenido luego de tan tremenda sudada, tome una foto de la Pirámide de la Luna donde, incidentalmente, se ve la mancha negra dejada por el incendio del que hablé la principio. Y, desde luego, me tomé una foto a mí mismo como prueba irrefutable de que sí había llegado hasta lo más alto de la Pirámide del Sol.
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| A lo lejos, la Pirámide de la Luna, y el manchón negro. |
No me quedé mucho allá arriba. En realidad, salvo contemplar el panorama desde esas alturas, no es mucho lo que hay para hacer allí (aunque dicen que si uno se para en la cúspide y levanta los brazos presuntamente se llena de energía cósmica, algo que quizá me hubiera convenido en vista de que todavía me faltaba bajar, y es bien sabido que las bajadas siempre son más duras que las subidas), de modo que rápidamente opté por el regreso.
Debo decir, sin embargo, que en este caso la bajada no es tan complicada como pudiera parecer en principio dado lo empinado de los escalones. Es cuestión de ir escalón por escalón, sin prisas pero sin pausas. De todos modos, delante de mí había un chico de unos 13 o 14 años que iba bajando sin dificultades… y tenía el pie derecho enyesado. Así que mal haría yo en ponerme a decir ahora que bajar la pirámide fue especialmente difícil.
Luego del cuerpo principal de escalones, hay una especie de pasadizo al que se accede por una pequeña escalinata de 11 escalones, el último de los cuales es, también, el último que uno pisa como parte de la pirámide. Allí me encontré con un detalle que, al fotografiarlo, provocó comentarios sobre si yo no estaba medio tocado de la cabeza. Y es que debió ser raro ver a alguien fotografiando un escalón, pero lo cierto es que me llamó mucho la atención (por qué me fijé, ya no me acuerdo, y por qué lo consideré importante tampoco) que en una piedra se formara (supongo que de forma natural) un número arábico: el 6. Pero allí estaba, el número 6 (o el 9, según se viera) en el último escalón de la Pirámide del Sol.
A eso de la una y quince de la tarde ya había bajado de la pirámide, y me dí cuenta de que iba a tener que resignarme a otra omisión, en este caso la tercera: no iba a poder subir a la Pirámide de la Luna. Con el tiempo me dio todavía más pesar, porque cuando regresé a Teotihuacán, once años después, ya no permitían subir hasta la cúspide sino sólo hasta la mitad. Así que decidí que era hora simplemente de ir de nuevo al bus, a esperar al resto de la gente. Allí ya habían algunos de los integrantes del grupo, entre ellos los dos que habían logrado subir a las dos pirámides. Estuvimos conversando amenamente con el conductor, que resultó ser buen contador de anécdotas. Contra todo lo esperado en un grupo de ticos, a la una y media en punto todos estábamos en el bus.
La basílica de Guadalupe (de pasadita)
La basílica de Guadalupe (de pasadita)
El regreso fue de inmediato. Pero esta vez, debido al congestionamiento de tráfico, el viaje fue mucho más lento. Mientras íbamos hacia la Basílica, el grupo comentó con Carlos, el guía, sobre mi promesa, motivo central de todo el viaje, y empezaron a bromear sobre que debía entrar al templo de rodillas, etc. No me molestó, al contrario, fue divertido. El problema fue que llegamos ante la basílica apenas antes de las 2 y media, y la idea era terminar de vernos todos a las tres y cuarto, por el lado trasero de la basílica. Como estaban todos enterados de mi promesa, la advertencia era básicamente para mí, puesto que yo no iba a ir con el grupo a realizar el recorrido turístico por el santuario.
Como todo en este viaje (y en mis posteriores viajes, debo decir), yo ya había investigado en Internet sobre el santuario, por lo que tenía una buena imagen mental del mismo. Y como ocurrió con Antropología, estar frente a la Basílica fue muy satisfactorio. Pero al ingresar, me di cuenta de que no iba a poder cumplir con mi promesa, tal y como la había establecido: ir a una misa completa en el santuario. Había misa en ese momento, sí, pero estaba por la mitad, y era claro que no me iba a dar tiempo para esperar a la siguiente. En ese momento decidí cambiar el plan para el día siguiente, que incluía ir a los museos de Ripley y de Cera por la mañana. Decidí que regresaría al santuario, para cumplir mi promesa ante todo, y además poder recorrer los lugares de los que me había enterado por Internet.
Aproveché, eso sí, para comprar dos imágenes de la Virgen de Guadalupe, y luego fui al lugar convenido para nuestro retorno. Dando nuevamente muestras de una rara puntualidad, el grupo de ticos estábamos allí a las tres y cuarto, pero no el autobús, que fue apareciendo casi media hora después. Por fin, por la vía de la Calle de los Misterios, iniciamos el viaje de regreso, y entre dejar a los del grupo de las cercanías del monumento a Cuauthemoc y superar el congestionamiento (aun siendo domingo), pude llegar a mi habitación al ser poco después de las cuatro de la tarde. Años después, a mi regreso a la ciudad, con más experiencia viajera, tuve que reconocer que aquel "tour a las pirámides y la basílica" no es precisamente el mejor, pues todo lo hube de hacer "de pasadita". Pero en el momento la verdad es que lo disfruté mucho.

Aunque era más de media tarde, sin embargo, era temprano y entonces decidí que iba a visitar la Torre Latinoamericana, que estaba a unas cuatro cuadras. Es el edificio más alto en el que había estado hasta ese momento, y aunque subí hasta la azotea, la impresión ante el bamboleo y la brisa fue tan fuerte que tuve que bajar al mirador dos pisos abajo, donde con una sensación de más seguridad tomé fotos del Zócalo y de la Alameda. El mirador tiene dos plantas (además de la azotea, en la cúspide), las mejores vistas en realidad se toman de la de abajo. Y a esa altura, no deja de percibirse el balanceo del edificio ante el viento, y las miriadas de cadáveres de insectos voladores, que encontraron un violento fin al ser arrastrados por la fuerte brisa y chocar contra los ventanales del mirador. Por cierto, en uno de los pisos había una exposición de peces y reptiles, que me hizo pensar que hubiera sido realmente redundante de mi parte pagar por verla… cuando en Costa Rica tenemos al INBIO, o basta con trasladarse unos pocos cientos de kilómetros para saludar tomar el sol con iguanas al lado.
Uno de los problemas que se me presentó en México fue que no sabía donde comer. Se me había recomendado la Casa de los Azulejos, pero allí siempre había mucha fila. Y el Hotel sólo daba el desayuno. Luego de bajar de la Torre y hacer un recorrido por los alrededores para comprar una mochila (que conservé durante un tiempo y luego misteriosamente desapareció), se me hizo de noche, y no había probado bocado desde el desayuno. Para mi fortuna, esa recorrida me salvó, porque descubrí una tienda donde vendían emparedados y refrescos, con los que pude llegar al cuarto y comer viendo televisión… (para la segunda vez que viajé a la ciudad, ya estaba mejor informado).
En realidad cuando ingresé al cuarto eran apenas las seis de la noche, pero ya no tenía nada más qué hacer, y salvo un intento (fallido, eran otros tiempos) que hice de conectarme a Internet, mi día terminó allí. De hecho, ni me di cuenta de a qué hora me dormí.









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