Sí, estoy seguro de que ustedes barruntan el origen del término "viejeros", que es de mi cosecha. No es que haya sido particularmente creativo al ocurrírseme la fusión de "viejo" y "viajero".
Pero creo que puedo decir a mi favor que la palabra de marras logra sintetizar bastante bien lo que se pretende en este blog: compartir las peripecias de un viajero cincuentón, que pronto llegará a sus sesentas, de los cuales imagino deben haber muchos, pero muchos, que pululan por este planeta turisteando, viajando, y obedeciendo a sus propias necesidades, gustos y ritmos viajeros, que tan sólo en función de sus edades (que implican metabolismos más lentos y una mayor experiencia de vida) han de tener, imagino que en casi que todos los casos, diferencias sustanciales con respecto a lo mochileros, o incluso viajeros treintañeros o cuarentones. Espero que encuentren en este blog una voz compatible y amiga.
Cada "viejero" (de hecho cada viajero) tiene su idiosincrasia a la hora de un periplo, pero por lo general hay algunos puntos que son su marca de identidad como explorador del mundo. Yo, desde luego, tengo las mías, y las quiero compartir con ustedes para que puedan hacer comparaciones, que por odiosas que puedan ser, también son muy instructivas.
Éste es mi decálogo de manías, costumbres, tips o como quieran llamarles que procuro cumplir al viajar.
PRIMERO: viajo al menos una vez al año, y lo hago sin endeudarme. Y que conste que soy un simple asalariado, como cualquier otro. Como se verá en las entradas sobre viajes, en realidad empecé a viajar regularmente hace poco tiempo. Hubo periodos hasta de diez años entre un viaje y otro, hasta que decidí librarme de mis barreras mentales, emocionales y sentimentales (en otra entrada hablaré sobre eso) y me propuse esa meta: no dejar pasar 365 días completos sin haber explorado un rincón del mundo distinto del que me vio nacer y es mi hogar. No importa si es uno al que he ido antes: cada viaje tiene su encanto, sus sorpresas y también es muy interesante recorrer lugares que ya te son familiares. También procuro evitar el "no se puede" como pretexto para no esforzarme (especialmente en lo económico) en ir a algún sitio. Si hay un destino remoto o caro que por tu presupuesto resulta casi que utópico, a menudo resulta que la cuestión pasa por negarse a uno mismo gastitos que una vez abandonados te das cuenta de que no eran tan importantes, sobre todo porque te estaban negando la oportunidad de viajar a ese sitio tan aparentemente inalcansable. Es más bien cuestión de proponerse hacerlo en un futuro, el más próximo posible (aunque "próximo" signifique dentro de dos años, por ejemplo), y ser ordenado priorizando tus gastos para ahorrar para el mismo. Es otra ventaja de viajar: te obliga a ordenar tu bolsillo para poder disponer en su momento del dinero suficiente para que tu viaje no sólo se haga realidad, sino que sea un éxito. Con la ventaja de que al incentivar tus hábitos de ahorro (que no de avaricia, que conste) de camino puedes irte financiando otros viajes más económicos.
SEGUNDO: evito las agencias de viaje y no le temo a prepararlo todo desde mi casa, por Internet. Sí, comprendo que los agentes de viaje tienen que ganarse la vida, y tampoco es que les desecho del todo: a veces el viaje que te propones requiere la asesoría de un especialista. Y estoy resignado al hecho de que posiblemente mi incremento en años (que espero que sea grande) irá determinando una disminución en mi autosuficiencia viajera (que espero, también, que no sea mucha), por lo que me veo viajando en grupo y en excursiones montadas por agencias de viajes en un futuro irremediable. Pero con el acceso a hoteles, líneas aéreas, tiquetes de entradas a atracciones que tanto se facilita actualmente por Internet, es más que práctico programar y montar tu itinerario desde tu casa. Desde luego, uno de los problemas de los viajeros de más edad es precisamente su temor a enfrentarse a las computadoras, y ya no hablemos de los recovecos de la red, que pueden convertir el proceso en algo engorroso, pero todo es cuestión de atreverse y en todo caso siempre habrá por allí alguien más avezado en esos temas que podrá ser de mucha ayuda.
TERCERO: me predispongo para viajar solo y disfrutarlo. Muchas personas, aún teniendo los medios económicos quizá hasta sobrados para cubrir los gastos de cualquier viaje no lo hacen porque les desincentiva o de plano temen viajar en solitario. En mi caso, al menos, comprendí bien pronto que si me quedaba esperando a que alguien me acompañara en cada viaje, simplemente nunca lo realizaría. Y no es que me disguste tener compañía durante un viaje. De hecho tiene mucho encanto. Pero, a menos en mi caso, la oportunidad de encontrar alguien que desee ir al mismo sitio y pueda pagar su viaje, en las mismas fechas, es bastante remota. Y bien pronto también descubrí que viajar solo tiene muchas ventajas (en otra entrada comentaré eso).
CUARTO: me informo lo mejor que puedo sobre mi destino de viaje. Muchos dirán que eso es "echar a perder la sorpresa". No es cierto. Muy por el contrario, el disponer de un buen conocimiento sobre lo que voy a ver durante mis viajes enriquece mi experiencia... con la ventaja además de que evito perderme algo de interés por no saber que estaba allí. Por otro lado, se evita uno llevarse desagradables sorpresas como en el tipo de enchufes que se utilizan, gestos o actitudes que no se deben hacer para evitar enfadar a los lugareños, horarios de las atracciones (terrible es improvisar la visita a un lugar ojalá lejano que justo ese día esté cerrado, o que pudo uno visitar con menos fila en un día o momento o incluso tips distintos) e, incluso, llevar ropa totalmente inapropiada para el clima de la época de nuestra visita. También una buena información te permite hacerte una idea bastante exacta del presupuesto mínimo necesario para que el viaje se efectúe sin apreturas, o peor aún, con carencias económicas. Por mi parte, yo procuro leer blogs y páginas web, y ver todos los vídeos que pueda y que se refieran al destino que estoy próximo a visitar (mis youtubers preferidos son Alán Estrada y Eduardo Lobo, pinchando en sus nombres pueden ir a sus canales en Youtube).
QUINTO: prefiero rotundamente los hoteles por sobre cualquier otro tipo de hospedaje. No me importa que el mismo sea discreto, económico, o de baja categoría (que no de mala calidad), pues al fin y al cabo, la mayor parte del tiempo estaré fuera del hotel. Eso sí, por humilde que sea el establecimiento, le exijo como mínimo cinco cosas: limpieza, buena ubicación, privacía, buen servicio de wifi (por la Internet, claro) y fácil acceso desde el aeropuerto. Una sexta, que es deseable si no incrementa mucho el costo, es una caja de seguridad en el cuarto, para guardar remanentes de dinero, la computadora y otras cosas de valor que de otro modo habría que cargar pues no convendría dejarlas a la vista en la habitación. No soy mucho de hospedarme en casas de amistades, y rotundamente evito los albergues. Por supuesto que es la manera más económica para hospedarse al viajar, pero mi experiencia en el Camino de Santiago me hizo ver que no soy material para hostales. En primer lugar, ronco terriblemente, y eso me convierte en una maldición para potenciales compañeros de cuarto. En segundo lugar, valoro mucho mi privacidad, especialmente al dormir, pero también porque para mí no hay nada como regresar a tu habitación para hacer recuento mental, reposando en tu cama, de lo vivido durante el día de viaje. Si es que el viaje es a solas, claro.
SEXTO: casi nunca viajo más de una semana por vez. Y no es sólo por cuestión de costos (que también, pues serán mayores con cada día sumado al periplo), sino de también porque mi casa me encanta, y en esencia para mí un viaje es una manera de explorar y descubrir, pero también de ver a la distancia ese hogar que dejaste atrás para valorarlo, añorarlo, y disfrutarlo más desde una nueva perspectiva. Por otro lado, siempre he sido de absorber experiencias y conocimientos con rapidez, por lo que encuentro que con una semana es más que suficiente para experimentar todo lo que un sitio me puede ofrecer, y si queda algo, pues será para otra ocasión. Otra ventaja indudable es que un viaje corto me permite llevar una maleta pequeña, que puede entrar como equipaje de mano a la cabina de pasajeros, de modo que me evito un paso tanto al entrar como al salir de los aeropuertos, que es el chequeo de la maleta para que se vaya en a bodega del avión y la posterior espera en los carruseles de equipaje. Además, prefiero definitivamente viajar a dos sitios distintos durante el año por una semana cada uno, que a uno solo por quince días. Y también está el factor que les comento en el punto décimo.
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| Los Turibuses de la Ciudad de México son de los más baratos y mejores del mundo. |
SÉTIMO: aprovecho los turibuses (o como quiera que se les denomine en cada ciudad), si los hay. Si bien suelen ser caros (especialmente si incluyen entradas preferenciales a diversas atracciones), los turibuses son una de las mejores maneras de recorrer una ciudad, especialmente si es grande, el clima es bueno, y tiene mucho para ver y visitar. Lugares como la Ciudad de México, Nueva York o Washington son un buen ejemplo. Esto no es, por cierto, una regla inquebrantable, porque hay otras ciudades donde si bien las distancias pueden ser considerables y disponen de servicios de bus turístico, prácticamente están hechas para ser disfrutadas caminando. Buenos ejemplos de esto son Roma, Londres, Praga o París. Y además, también hay ciudades en las cuales me interesan atracciones puntuales, pocas, y no requiero movilizarme por toda su extensión.
OCTAVO: no le hago ascos al transporte público u otras facilidades para trasadarse. Si el presupuesto no me da para los turibuses, procuro averiguar de previo o in situ cómo moverme en el metro (casi siempre viajar en los subterráneos es tremendamente interesante y el medio más económico), autobuses o (como ultimísimo recurso) taxis y el tren, que suelen ser los medios más caros para ir de un lugar al otro. Pocas veces he utilizado autos rentados, básicamente porque no se me han hecho necesarios, pero tampoco los desecho. Otra versión de "transporte público" podría ser la de alquilar máquinas que faciliten e incrementen tu movilidad. Por ejemplo, una moto, una bicicleta, pueden ser buenas opciones para moverse en medios urbanos y agrestes, y sin necesidad de reventar demasiado el presupuesto. En mi caso, por ejemplo, cuando voy a parques temáticos grandes, como los de Disney o Universal, procuro incluir en mi presupuesto previo el alquiler de los scooter eléctricos, que al mismo ritmo que si caminaras te llevan a cualquier sitio. Si bien en este caso la tarifa no es precisamente barata (nada en esos parques lo es, todo hay que decirlo), al menos te ahorras el cansancio de caminar, que se vuelve muy importante si resulta que en alguna atracción (o en varias) tienes que hacer una fila de 40 minutos o más.

NOVENO: procuro tener un buen teléfono celular. No me refiero a uno carisisímo, pero sí un buen smart phone con suficiente espacio de almacenamiento y, mejor aún, capacidad para tomar fotos de buena calidad. Hoy en día es perfectamente viajar sin cámara, si se dispone de un buen smart phone. No es que las cámaras hayan dejado de ser útiles (obviamente siempre se podrán sacar fotos de mucha mejor calidad con una cámara que con un celular), pero para los propósitos del viejero promedio, entre menos aparatos lleve en ristre mejor, y los actuales celulares son diseñados precisamente para eso: para tener a la mano, en un solo adminículo, cosas que antes era de rigor llevar adosadas, como mapas, cámaras, tiquetes, entradas a las atracciones, y demás. Hoy en día, basta con conseguir un chip en el destino que te permita conectarte a la red local y tener en tu celular las apps requeridas, para que no tengas que preocuparte más que por no extraviar tu celular y su cargador.

DÉCIMO: camino todo lo que puedo durante el día. Y no me refiero específicamente a cuando viajo, que de todos modos se suele caminar mucho, sino en el periodo entre viajes. Una lección que aprendí duramente es que si no procuras mantener un cierto nivel aceptable de condición física, los viajes se te pueden volver un tormento con sólo pensar en la caminada que te va a tocar. Máxime con mi fibromialgia y mi rotunto sobrepeso, factores ambos que estoy procurando controlar, pero que están ahí por ahora. Un primo mío lo dijo, andando por las calles de Londres, de manera prístina: "ser turista es duro". Y es que lo es. Sea que te toque hacer fila, transbordar en el metro, esperar en el aeropuerto, moverte por entre caminos o calles, recorrer museos o parques, bien pronto durante el periplo recordarás algo que por alguna razón siempre olvidamos cuando no estamos de viaje: que viajar es emocionante y educativo, pero por lo general no es una actividad que te produzca descanso, sino todo lo contrario. Incluso cuando uno va a destinos de playa o donde la norma es procurar reposo, suele ocurrir que el verdadero descanso, el momento en que uno realmente disfruta de un sueño profundo y reparador, el AL VOLVER. Lo mejor, entonces, es tener una buena reserva física, que palíe un poco el inevitable y abundante gasto de energías, y si usted, querido lector, es mi coetáneo pero tiene una condición física de alguien mucho menor, lo felicito de todo corazón. Sin embargo, es una realidad que la mayoría de los individuos de mi generación no están, precisamente, como para rendir bien en el test de Cooper. Pero tampoco es que hay que tener la condición de un maratonista. El remedio simple es procurarse un podómetro o contador de pasos bien ajustado (hay varias aplicaciones gratuitas para celular) y mantenerlo funcionando durante el día (de esa forma incluso uno se lleva sorpresas al ver cuántos pasos da sin percatarse de ello) pero también someterse a la disciplina de caminar a propósito una meta definida de pasos (lo recomendable es caminar a ritmo de normal a vivo al menos media hora todos los días, para mantenerse bien de forma).
Para finalizar, un mea culpa, algo que debería estar en mi decálogo (en este caso de once puntos, que no por ello dejaría de denominarse decálogo, sino pregúntenle a la RAE) pero que no lo incluyo porque no siempre lo cumplo, y es sacar un seguro de viaje. En varios de mis viajes he cometido la falta de no contratar uno, porque si lo incluía mi presupuesto reventaba. Pero lo cierto es que es algo que siempre, siempre, SIEMPRE debería incluirse en el presupuesto. En uno de mis relatos de viaje les contaré de la ocasión en la que por poco me fracturo un tobillo... y no tenía seguro de viaje. Tuve suerte porque en realidad se trató de una torcedura, y con mucho dolor pude caminar, pero pudo ser mucho, pero mucho peor... y el percance fue en los Estados Unidos, donde la atención médica es terriblemente cara y yo no tenía posibilidades de pagar un tratamiento de emergencia, mucho menos una hospitalización. Aún así, en ocasiones incluso por puro olvido, pero en otras por pura avaricia momentánea ("mejor me gasto esa plata en un buen restaurante", inconsciente de mí) me encontré montado en el avión y sin la protección de un seguro. Malo, niño malo.

OCTAVO: no le hago ascos al transporte público u otras facilidades para trasadarse. Si el presupuesto no me da para los turibuses, procuro averiguar de previo o in situ cómo moverme en el metro (casi siempre viajar en los subterráneos es tremendamente interesante y el medio más económico), autobuses o (como ultimísimo recurso) taxis y el tren, que suelen ser los medios más caros para ir de un lugar al otro. Pocas veces he utilizado autos rentados, básicamente porque no se me han hecho necesarios, pero tampoco los desecho. Otra versión de "transporte público" podría ser la de alquilar máquinas que faciliten e incrementen tu movilidad. Por ejemplo, una moto, una bicicleta, pueden ser buenas opciones para moverse en medios urbanos y agrestes, y sin necesidad de reventar demasiado el presupuesto. En mi caso, por ejemplo, cuando voy a parques temáticos grandes, como los de Disney o Universal, procuro incluir en mi presupuesto previo el alquiler de los scooter eléctricos, que al mismo ritmo que si caminaras te llevan a cualquier sitio. Si bien en este caso la tarifa no es precisamente barata (nada en esos parques lo es, todo hay que decirlo), al menos te ahorras el cansancio de caminar, que se vuelve muy importante si resulta que en alguna atracción (o en varias) tienes que hacer una fila de 40 minutos o más.
NOVENO: procuro tener un buen teléfono celular. No me refiero a uno carisisímo, pero sí un buen smart phone con suficiente espacio de almacenamiento y, mejor aún, capacidad para tomar fotos de buena calidad. Hoy en día es perfectamente viajar sin cámara, si se dispone de un buen smart phone. No es que las cámaras hayan dejado de ser útiles (obviamente siempre se podrán sacar fotos de mucha mejor calidad con una cámara que con un celular), pero para los propósitos del viejero promedio, entre menos aparatos lleve en ristre mejor, y los actuales celulares son diseñados precisamente para eso: para tener a la mano, en un solo adminículo, cosas que antes era de rigor llevar adosadas, como mapas, cámaras, tiquetes, entradas a las atracciones, y demás. Hoy en día, basta con conseguir un chip en el destino que te permita conectarte a la red local y tener en tu celular las apps requeridas, para que no tengas que preocuparte más que por no extraviar tu celular y su cargador.

DÉCIMO: camino todo lo que puedo durante el día. Y no me refiero específicamente a cuando viajo, que de todos modos se suele caminar mucho, sino en el periodo entre viajes. Una lección que aprendí duramente es que si no procuras mantener un cierto nivel aceptable de condición física, los viajes se te pueden volver un tormento con sólo pensar en la caminada que te va a tocar. Máxime con mi fibromialgia y mi rotunto sobrepeso, factores ambos que estoy procurando controlar, pero que están ahí por ahora. Un primo mío lo dijo, andando por las calles de Londres, de manera prístina: "ser turista es duro". Y es que lo es. Sea que te toque hacer fila, transbordar en el metro, esperar en el aeropuerto, moverte por entre caminos o calles, recorrer museos o parques, bien pronto durante el periplo recordarás algo que por alguna razón siempre olvidamos cuando no estamos de viaje: que viajar es emocionante y educativo, pero por lo general no es una actividad que te produzca descanso, sino todo lo contrario. Incluso cuando uno va a destinos de playa o donde la norma es procurar reposo, suele ocurrir que el verdadero descanso, el momento en que uno realmente disfruta de un sueño profundo y reparador, el AL VOLVER. Lo mejor, entonces, es tener una buena reserva física, que palíe un poco el inevitable y abundante gasto de energías, y si usted, querido lector, es mi coetáneo pero tiene una condición física de alguien mucho menor, lo felicito de todo corazón. Sin embargo, es una realidad que la mayoría de los individuos de mi generación no están, precisamente, como para rendir bien en el test de Cooper. Pero tampoco es que hay que tener la condición de un maratonista. El remedio simple es procurarse un podómetro o contador de pasos bien ajustado (hay varias aplicaciones gratuitas para celular) y mantenerlo funcionando durante el día (de esa forma incluso uno se lleva sorpresas al ver cuántos pasos da sin percatarse de ello) pero también someterse a la disciplina de caminar a propósito una meta definida de pasos (lo recomendable es caminar a ritmo de normal a vivo al menos media hora todos los días, para mantenerse bien de forma).
Para finalizar, un mea culpa, algo que debería estar en mi decálogo (en este caso de once puntos, que no por ello dejaría de denominarse decálogo, sino pregúntenle a la RAE) pero que no lo incluyo porque no siempre lo cumplo, y es sacar un seguro de viaje. En varios de mis viajes he cometido la falta de no contratar uno, porque si lo incluía mi presupuesto reventaba. Pero lo cierto es que es algo que siempre, siempre, SIEMPRE debería incluirse en el presupuesto. En uno de mis relatos de viaje les contaré de la ocasión en la que por poco me fracturo un tobillo... y no tenía seguro de viaje. Tuve suerte porque en realidad se trató de una torcedura, y con mucho dolor pude caminar, pero pudo ser mucho, pero mucho peor... y el percance fue en los Estados Unidos, donde la atención médica es terriblemente cara y yo no tenía posibilidades de pagar un tratamiento de emergencia, mucho menos una hospitalización. Aún así, en ocasiones incluso por puro olvido, pero en otras por pura avaricia momentánea ("mejor me gasto esa plata en un buen restaurante", inconsciente de mí) me encontré montado en el avión y sin la protección de un seguro. Malo, niño malo.




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