lunes, 20 de marzo de 2017

Mi primer viaje a México (V)

Martes, 21 de diciembre de 2004

Última mañana en el DF, Zoológico y regreso a casa
El martes de mi regreso iba a tener una mañana entretenida.  Según el programa que había gestado desde antes, ese día debía ir al zoológico, y nada más.  Pero durante mi encuentro con las lugareñas del sábado, habíamos quedado en vernos luego de mi visita al zoológico para ir a dar una última vuelta. No tenía idea de adónde, pero lo que fuera para despedirnos.


Mi traslado por el metro hasta la estación del Auditorio, como era de esperar ya a estas alturas, no ofreció ninguna dificultad.  Eso sí, como al parque de Chapultepec le estaban haciendo reformas, la entrada real al zoológico no llevaba realmente al zoológico, sino que se debía pasar por un camino improvisado, caminando a veces sobre la verdadera vereda, a veces sobre grava, y a veces sobre los restos del césped arrasado por los pasos de los visitantes. Lo primero que noté a la entrada fue que tenías dos opciones: tomar un acceso a la izquierda, o uno a la derecha.  Yo lo que quería ver era a los pandas, pero no podía saber hacia dónde ir. Opté por la izquierda.

Resultó que esta parte del zoológico está constituida por nichos (no aplica el término “jaulas” en este zoológico, como corresponde a uno moderno, lo cual es el caso), en los que aunque los animales tienen ciertamente contacto con el aire libre al menos en alguna parte (o en todo), están separados del público por gruesos vidrios, y el trayecto que recorre es cubierto, de modo que para uno resulta ser un lugar cerrado y un tanto laberíntico. Pronto me encontré con un chimpancé que tenía una cara de tedio tremenda.  Cerca había un mono rhesus, que me pareció interesante puesto que por los monos rhesus fue que se descubrió el factor RH de la sangre.


Pero lo que más me llamó la atención de esta parte del zoológico fue el tigre blanco. Había llegado temprano (8 y media) con el fin de aprovechar el día, puesto que a las 10,30 había quedado de verme de nuevo con mis amigas nativas para dar una última vueltita antes de mi partida.  Resultó ser una hora ideal, porque, según me explicó luego un cuidador del zoológico, a esa hora los animales se van despertando y piden la comida, y entonces andan inquietos.  Ello determinó que yo pasara justo al frente del nicho del tigre blanco cuando andaba paseándose, y así pude tomarle una foto… cosa que más tarde no le fue posible a  los restantes visitantes, porque luego de comer, el tigre se recluye y no se le vuelven a ver las rayas.

La parte simpática de mi visita al zoo fue al visitar el nicho de los orangutanes.  Estaban el orangután y la orangutana… y el verlos juntos me recordó la canción de la Sonora Santanera. el orangután muy digno, ni siquiera se tomó la molestia de mirarme, pero la orangutana se puso a bailar frente al vidrio, como saludándome… aunque es de suponer que más bien era una muestra de ansiedad a la espera de su alimento.  Sin embargo, no pudo dejar de parecerme simpática la fémina esa.

El recorrido por el zoológico es agradable, y a paso tranquilo, sin detenerse demasiado en ninguno de los nichos, puedes verlo todo de sobra en las dos horas que yo tenía a mi disposición.  Fue impresionante ver al gorila, que es enorme: aunque estaba (calculo) a unos cinco metros de distancia, era fácil darse cuenta de que sobre sus cuatro extremidades, aún así, sus hombros fácilmente superaban mi estatura (tampoco yo soy muy alto, claro).

Curiosamente, la meta principal de mi visita al zoológico, que era ver los pandas, se fue diluyendo ante tanto otro animal interesante que iba viendo, y además por alguna razón, encontrarla entre el laberíntico recorrido (a pesar de ser el recinto de los pandas la exhibición central de esa sección del zoo) resultaba un tanto engorroso.  De camino hacia allá, me encontré un par de veces con una muchacha que, al igual que yo, estaba extraviada.  En una de ellas la miré justo frente al nicho del tigre blanco, que ya había hecho mutis.  Tenía aspecto de latina, pero nuestros diálogos siempre fueron en inglés, así que pensé que o bien era una latina nacida en EEUU, o era una mexicana que por alguna razón pensó que yo sólo hablaba inglés.


En todo caso, una vez que encontré a los pandas (que tienen el nicho más grande de la sección, también), tuve una pequeña sensación de triunfo, pues era una de las metas del viaje, pero no fue tan trascendente como esperaba, porque venía más que impresionado por el tigre, el gorila y la orangutana, y además los dos pandas estaban medio dormidos. Sí constaté algo que había escuchado por allí antes: que los pandas son más grandes de lo que uno cree.



La otra sección del zoológico es para los nichos a cielo abierto tanto para animales como para humanos. Lo más curioso de esa sección fue un elefante (o elefanta) que mantenía su trompa reposando en una gran piedra… no se movió de allí durante el tiempo en que estuve en el zoo, lo que me hizo pensar que o bien es un animal muy viejo o muy perezoso, y en cualquiera de los dos casos, la trompa le pesa (luego llegué a pensar si no sufría algún tipo de parálisis en esa extremidad tan fundamental para un elefante). Esta sección se corresponde más con la imagen tradicional de zoológico que uno interioriza desde la infancia, aunque sin que pueda verse en realidad una jaula, como ya dije.

Cerveza de sabores
A eso de las 10 y cuarto, di por finalizada mi visita al zoológico. Salí con cierta prisa puesto que me faltaba un largo trayecto, desde la salida hasta el frente del auditorio (donde debía encontrarme con mis amigas).

Auditorio Nacional. Fuente: Wikipedia.
Justo a las 10 y 25 minutos estaba ya sentado en las gradas del auditorio, y tuve entonces unos minutos para reflexionar sobre todo lo que había vivido desde el sábado anterior.  Como resumen de todo ello, ver el imponente volumen del Auditorio Nacional fue más que apropiado:  la sensación más clara que guardaba era la desmesura.  Lo dicho por Humbolt acerca de la tendencia del pueblo mexicano a hacerlo todo en grande, exageradamente incluso, había permeado en mi corazón de modo claro, y tenía un exponente muy evidente en este edificio cuya silueta no ofrecía demasiadas aristas a la vista (es básicamente un edificio rectangular), pero que resultaba imponente por sus dimensiones.

Puntuales, mis anfitrionas llegaron a as 10 y 30. Una de las limitaciones de no conocer a fondo la ciudad que visitas por primera (y acaso única) vez es que luego te cuesta ubicar las calles que recorriste, sobre todo si te trasladas en auto. Y digo esto porque se me confunden un poco los papeles, y en este momento no tengo claro si íbamos con rumbo hacia Toluca o hacia Puebla, aunque me inclino más por la primera opción.

El caso es que me llevaron a un gran centro comercial, donde me convidaron a tomar cerveza en un local donde la fabrican allí mismo, pero con la peculiaridad de que le añaden sabores.  Yo, poco avezado en cuanto a arriesgarme a probar cosas nuevas, pedí una jarra de cerveza sin sabor, pero mis amigas me dieron a probar de las suyas (de canela y de Fresa), y realmente sabían bien… ellas me instaron a pedir otra cerveza, con el sabor que deseara, pero entre que no quería alcoholizarme (dos jarras de cerveza son mucho para mí) ni abusar de su amabilidad, preferí declinar, aunque ya me arrepentía justo desde ese momento.

El regreso a Costa Rica
Según se nos había indicado el día anterior, alguien de Turismo Lucy nos iba a recoger en el hotel a las 3,30 de la tarde para llevarnos al aeropuerto, en preparación para el vuelo hacia Costa Rica, a las 7,30.

Me despedí de mis anfitrionas, que tan especiales habían sido conmigo, casi a las 3 de la tarde. Yo ya había preparado la maleta el día anterior, así que más bien me dio tiempo para tomar un último descanso en mi cama.  Cuando dieron las 3,20 me levanté, revisé la habitación por última vez para constatar que no estuviera dejando olvidado algo, y eché un postrero vistazo al panorama desde la ventana.  Luego me dirigí a la puerta, vi hacia atrás, e hice algo que siempre hago con todas las habitaciones de hotel que abandono, consciente de que me acogieron como un hogar lejos del hogar y que al atravesar el umbral de su puerta por última vez, posiblemente ya nunca más volveré a ellas: me despedí en voz baja, y dije “gracias”.

Con toda precisión, me encontré en el lobby del hotel a las 3,25, y simplemente me senté a esperar, junto con el grupo que había sido mi compañero de vicisitudes el domingo, a la espera del guía que nos habría de llevar al aeropuerto. De pronto sufrí un susto mortal: durante todos los días, yo dejaba mi computadora en la caja fuerte de la recepción y la recogía por las noches para llevarla a la habitación; me di cuenta con un sobresalto de que la computadora continuaba en la caja fuerte, y que estaba a punto de dejarla en el hotel.  Por suerte (me dije para mí) me recordé a tiempo, porque me puse a pensar en cuántas dificultades iba a tener para recuperarla si me iba de México sin ella.

Apenas unos minutos antes de las cuatro apareció nuestro guía, que resultó ser el mismo Julio que nos había recibido cuatro días antes en el aeropuerto.  La salida del hotel fue sin novedad, al igual que el viaje hasta el Benito Juárez.

Nos dijeron que debíamos ir a la puerta 27, que resultó pertenecer a una terminal remota, donde los pasajeros son llevados al avión por unos transbordadores que se elevan para recogerlos, algo novedoso para mí. Fui al stand, que era más bien algo así como un kiosco de Mexicana, pero no me recibieron ni el tiquete ni la maleta, me dijeron que nada más esperara a que nos llamaran.  Me pareció extraño, pero decidí obedecer tranquilo: ellos sabrían por qué hacían eso. Yo me senté frente a la puerta que presuntamente nos tocaba, contemplando cómo sucesivas oleadas de viajeros iban desapareciendo en los transbordadores que llegaban, y con la secreta aspiración de que me tocara experimentar eso mismo. Mientras esperaba mi abordaje, sentado en el suelo (la alfombra era confortable) contemplaba a una vigilante cuya única función, era claro, constituía en regular la entrada del personal a través de una puerta de vidrio que daba directamente a una escalera que llevaba a la plancha del aeropuerto.

Desgraciadamente para mis intereses, más o menos al cumplirse hora y media de estar allí, nos comunicaron que debíamos ir a otra puerta de abordaje, la 34 (allí fue donde comprendí porqué no me habían recibido ni el tiquete ni la maleta al principio).  Empezar a caminar con la maleta y la mochila hasta llegar a esa puerta era un tanto agobiante, y a ello se añadía la pequeña desilusión de no poder vivir el trasbordo. Sin embargo, hice el trayecto con la esperanza de que pronto estaría abordando el avión, aunque una preocupación que no me había abandonado del todo durante los días previos era que si no se me había confirmado mi tiquete de regreso, iba a tener problemas.  Por suerte, al menos en mi caso, la promesa hecha por el dueño de Turismo Lucy al respecto se vio cumplida y el chequeo en el stand de Mexicana  fue rápido y fácil, y pronto vi como mi maleta desaparecía en las entrañas del aeropuerto.  Hasta pude escoger asiento, de modo que de nuevo quedé en ventana, esta vez por delante del ala, del lado derecho. Sin embarco, mis compañeros de hotel no tuvieron esa suerte:  resultó que sus boletos no habían sido confirmados.

Como todavía faltaba como hora y media para el abordaje, y me quedaban algunos pesos mexicanos, decidí dar una vuelta para cenar, y de paso en una librería me compré un ejemplar de “El Código Da Vinci” (que en ese momento estaba en el pico de su popularidad), para entretenerme en la espera.  Ni siquiera recuerdo qué fue lo que comí, pienso que fue un emparedado o algo parecido, pero lo que sí disfruté fue la sensación de estar allí, en el Benito Juárez, viendo a la gente pasar por los ventanales del restaurante, leyendo también mi libro, en plan de gran viajero.

Yo estaba preparado para una larga espera, recordando las advertencias de aquella señora en la fila del viaje de venida en el Juan Santamaría, pero resultó que a las 8 y 15 de la noche (apenas 45 minutos de más) nos hicieron el llamado al abordaje. Volví a ver a mis compañeros de hotel, que se limitaron a alzar los hombros, entre furiosos y resignados a su situación.  “Ahí nos guarda campo, Ronny” fue todo lo que me dijeron.

Ingresé al avión con la misma sensación de privilegio, de vivencia mágica que siento al ingresar en una de las mejores muestras de la tecnología. Pero, como siempre que me toca el regreso (me di cuenta de que siempre sentí lo mismo, en las dos ocasiones anteriores), había algo más: un tanto tristeza porque ese abordaje en particular representa el fin de la aventura, y un tanto alegría porque también representa el regreso a casa. Lo que sienten todos los viajeros, ni más ni menos.

Eso sí, fue la primera vez que me ocurrió tener que esperar una hora completa dentro del avión, espera que en parte tuvo origen en un hecho que me alegró bastante: entre los últimos pasajeros en ingresar estuvieron mis compañeros de hotel, que se ubicaron en la parte trasera del avión, y pasaron por el pasillo saludándome felices y aliviados.

Al ser as nueve y cuarto de la noche, casi exactas, por fin vi que los sobrecargos cerraban las puertas del avión, y minutos después empezó a moverse. Decoló rápidamente hasta el principio de la pista, y esta vez no hubo espera:  de una vez aumentó la velocidad para elevarse.

La vista de la Ciudad de México, iluminada por la noche, ha sido de las más impresionantes que he experimentado.  Curiosamente, me pareció más grande así, de noche, que cuando la vi por primera vez desde el aire, durante el día. Pronto su resplandor desapareció de la vista, y mi plan de continuar la lectura del Código da Vinci se frustró porque arriba mío apareció una pantallita, y empezaron a exhibir “El espanta-tiburones”… que aunque ya la había visto, me resultó un entretenimiento bienvenido.  Tanto, que el vuelo se me hizo corto: de pronto, terminada la película, el capitán informó que se iniciaba el descenso, y volví a ver hacia mi ventanilla, y apareció la silueta iluminada de un lugar que  pronto me di cuenta de que era Puntarenas.  Fue un espectáculo maravilloso ver esa querida península iluminada, desde el aire. Quince minutos después, ya habíamos aterrizado, y luego de largas filas en migración y aduana (para mi desgracia, justo antes de mi vuelo habían aterrizado como tres más, totalmente llenos, acorde con la proximidad de la época navideña), más o menos a medianoche por fin pude reposar en mi propia cama.

Había terminado mi viaje a México.

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