domingo, 19 de marzo de 2017

Mi primer viaje a México (IV)

Lunes, 2 de agosto de 2010

Zócalo, nuevamente la Basílica, museos de Ripley y de Cera.
El lunes, mi último día completo en este viaje, debía ser agitado, para aprovecharlo bien.  Era claro que debía volver a la basílica para cumplir a cabalidad la promesa hecha, que no estaba contemplado en un principio, pues el plan original era solamente ir en este día a los museos de Ripley y el de Cera. Además tenía la intención de ir a la Ciudad Universitaria para tomarme una foto frente al mural que la identifica, y al museo de Frida Kalho.

Salí del hotel a eso de las 8,20 de la mañana. Lo primero era ir al zócalo.  En mi confusión e ignorancia previa a mi viaje a México, yo pensaba que el Zócalo y la plaza de la basílica eran el mismo lugar, pero como me informé bien antes del viaje, me di cuenta clara de que no era así, y por eso era necesario visitar ese sitio, centro original de la antigua Tenochtitlán.

Además, para alguien tan interesado en la historia de la Guadalupana, mirar la catedral (muy vinculada con el relato de su aparición) era asunto de necesidad.  Así salí del hotel, y en menos de quince minutos ya estaba yo en una de las plazas abiertas más grandes del mundo.  Tomé las correspondientes fotos, incluida la de rigor con la gran bandera mexicana ubicada en el centro mismo de la plaza.

Cuando me tomaba la foto de la bandera, señal inconfundible de mi condición de turista, se me acercó un vendedor a ofrecerme una marioneta.  Empezó con la rimbombante suma de 25 pesos.  Le dije, un tanto en broma, un tanto en serio, “te apuesto a que el muñequito ese te costó a lo más 5 pesos”.  “Cómo va a creer, señor”, me dijo, “si más bien estoy perdiendo, no ve que es el último que me queda y ya me quiero ir”. Sí, claro, empezando la mañana y ya los había vendido todos…

Le dije que iba a visitar la catedral y luego hablábamos.  Entré al gran templo (que, por cierto me dejó un sinsabor, similar al del Museo de Antropología, porque no me enteré sino hasta mucho después de regresar a casa que el Calendario Azteca había estado empotrado en una de sus columnas, y por no saberlo no pude hacer el intento de localizar el sitio), majestuoso por dentro, pero que me sorprendió porque el altar para la misa se encuentra a mitad de camino o menos, por lo que no es posible contemplar todo su interior de un solo vistazo. Sí que se le puede visitar por completo, pero yo, un tanto confundido, no fui más adentro y por eso me quedé sin ver las maravillas que tiene más allá de ese altar. Algo que por suerte corregiría en mi segundo viaje a la ciudad.

Algo que me llamó mucho la atención al regresar al Zócalo fue que en el costado sur de la catedral se colocan varios individuos, uno anunciándose como plomero, otro como albañil, otro como carpintero, etc., cada uno de ellos con sus respectivas herramientas y equipamiento. Se quedan allí, en la mañana, esperando a que pase alguien a contratarlos, y no me quedó más que pensar, en mi condición de costarricense desconfiado, si sería seguro llevar a un individuo así a la casa.  Es de suponer que sí, porque si están allí es porque consiguen quien los contrate, y como suele suceder en esos casos, me imagino que entre ellos mismos habrá algo así como un código de honor, puesto que si alguno fuera deshonesto, perjudicaría a los demás, dado que entonces ya nadie los contrataría por temor a esa deshonestidad.  En todo caso, no supe si esa ubicación era expresión de una tradición o si más bien es manifestación del desempleo que pudiera haber en México. Lo más probable es que sea un poco de las dos cosas.
El Templo Mayor de Tenochtitlán, como debió estar ubicado dentro de la actual Ciudad de México.
Fuente: http://campechehoy.mx/notas/index.php?ID=196194
Pretendí ir a visitar el templo mayor, pero me topé con algo que ya sabía pero que de alguna manera había olvidado:  los lunes, la mayoría de los museos y sitios de índole cultural e histórica estaban cerrados. Precisamente por eso no había planeado mi visita a Antropología ni al Zoológico para el día lunes, e incluso había corroborado con toda certeza que los museos de Ripley y de Cera sí abren los lunes. Mi investigación previa, pecó de incompleta en cuanto a ese sitio y a otro que luego les contaré.

Obviamente, no dejó de ser una desilusión no poder entrar al recinto del Templo Mayor.  En todo caso, dado que el tiempo corría y eran ya casi las nueve de la mañana, decidí que no había tiempo para lamentaciones, y me subí al metro con destino a la basílica de la Virgen de Guadalupe.

Ya para estas alturas mi manejo de las rutas del metro era de experto, por lo que no tuve ningún inconviente, tras un solo trasbordo y luego de no más de veinte minutos, en llegar a la estación de La Villa, de la que emergí a una especie de mercado persa, una serie ininterrumpida de pequeñas carpas donde, con un recorrido de unos quince metros, podría uno conseguir prácticamente de todo… siempre que sea una imitación, claro.

Al principio, al salir de la estación al final de unos escalones desgastados me encontré en medio de todas esas mini tiendas, y no me quedó otra opción que caminar en medio de ellas, algo que podría ser intimidante para personas de espíritu poco aventurero. Pero a esas alturas yo ya estaba curado de espantos, y me limité a seguir a lo que parecía ser la mayoría de la gente.

Luego de unos pasos, salí a la calle principal, en medio de la cual hay un paso peatonal que también estaba cubierto de tiendas, sólo que esta vez todas ellas están dedicadas a la venta de recuerdos, escapularios, imágenes, artesanías, todas ellas dedicadas a la Virgen de Guadalupe. Es una manifestación extrema de la comercialización de la fe, pero es claro que en el santuario se acepta con toda naturalidad.

Al fondo se distingue el techo de la nueva basílica, ubicada a la izquierda según se le recorre.  Viéndolo así, y más una vez que penetra uno a la explanada frente a ella, todo el conjunto parece muy armónico. Pero es sólo cuando se considera que la antigua basílica (la que se está hundiendo, una de las razones por las que se decidió construir la nueva, mucho más amplia y moderna) es la que está justo enfrente de ese camino peatonal, que uno se da cuenta de que el diseño original implicaba caminar por esa vereda para entrar directamente por el frente de la hermosa antigua basílica. Debió ser impresionante. Mucho más que en la actualidad (aunque sigue siéndolo), cuando uno entra de lado, por decirlo así.  Si bien es claro que era necesario construir la nueva basílica, y en el lugar actual, no deja de ser triste que se haya perdido la antigua experiencia de caminar directamente hacia la Guadalupana, utilizando esa vereda cubierta de tiendas.

Como la idea era cumplir con la promesa de asistir a misa, lo primero que hice fue ingresar a la Basílica, pero nuevamente me encontré con que la misa estaba por la mitad. Haciendo cálculos simples, determiné que me daba tiempo para hacer un recorrido por el santuario, y así cumplir con algo que también tenía muchos deseos de hacer, y había sido desde el principio una gran motivación para el viaje (había entrado a varias páginas de Internet con fotos e información sobre el sitio: como siempre afirmaré, informarse de previo más bien le añade encanto a cuaquier viaje), así que cuando inicié mi recorrido no lo hice en completa ignorancia.

Yo tenía claro que deseaba ver, básicamente, tres cosas:  la imagen de la tilma, de cerca; el templo del cerrito, en la cima del Tepeyac (lugar original donde presuntamente apareció la Virgen); y el conjunto escultórico que representa la influencia de la guadalupana en la evangelización del Nuevo Mundo.

Como la basílica nueva fue diseñada de modo que uno pueda ver la imagen de cerca sin que se interrumpan los oficios religiosos (se entra por un costado, como por detrás del altar, y hay un andaribel eléctrico que moviliza a las personas, de modo que uno dispone de unos treinta segundos para ver la imagen, por cada turno), me dispuse a cumplir con el primer propósito.  Allí tomé dos fotos de la tilma, adornada con la hermosa bandera mexicana, y luego salí (por el otro costado, claro) para iniciar mi recorrido por el santuario.

Carrillón, en la explanada del santuario.
Aquí es donde se dio lo que yo llamo la intervención divina en este viaje. Tenía dos opciones:  viendo el templo antiguo de frente, ir por la izquierda o por la derecha.  Resultó que en ese momento empezaba la representación de la historia de la aparición en el gran diorama que está en el carrillón (especie de campanario que, francamente, me parece que es la edificación más fea e inconsistente con el resto del conjunto de todo el santuario),  y para ver el diorama animado opté por ir a la derecha.

Parroquia de Indios
Continuando por esa dirección, escogida presuntamente al azar, de pronto encontré la llamada Parroquia de Indios, el edificio más antiguo del santuario, y presunto tercer templo donde radicó la tilma. A la derecha, había un letrero que con una flecha indicando hacia la derecha (perdonen la redundancia), que rezaba “hacia el templo original y la casa de Juan Diego” (o algo así). Así pues, me dispuse a caminar hacia la derecha. Pero en seguida me topé con otro letrero que decía exactamente lo mismo, pero con la flecha indicando hacia la izquierda.  Ante tal aparente paradoja, sólo cabía una explicación:  ambas flechas te guiaban hacia el interior de la Parroquia de Indios, un lugar que no tenía intención alguna, originalmente, de visitar. Pero hete aquí que sucede algo que a mí me pareció portentoso:  justo cuando traspasé el umbral de la puerta del templete, entró el sacerdote (luego me enteré de que se llama Armando Colin) para iniciar la misa.  No podía interpretar ese hecho de otro modo que como una especie de señal divina:  era allí donde debía escuchar la misa.  Al fin y al cabo, la promesa había sido con respecto al santuario… y qué mejor cumplimiento que en el lugar donde, probablemente, se vienen realizando misas durante más tiempo, en todo el santuario.  De hecho, dado que allí también se ubicaba el primer templo, se podría decir que ese era (es), en realidad, el santuario.

La misa era en celebración del cumpleaños de una señora llamada Ligia (creo, ya no recuerdo bien). Había hasta un trío, un señor con guitarra y dos mujeres cantando con él.  Me ubiqué discretamente al fondo, del lado derecho (junto a unas escaleras que están al centro), sin poder evitar pensar que nadie, en aquella celebración familiar, se percataba de que se les había unido no sólo un extraño, sino un extraño venido de muy lejos.

Terminada la misa, y cumplida la promesa, me sentí entonces libre de disfrutar, ya como un visitante más, la experiencia del recorrido del santuario.



No tenía en la memoria  cada cosa, pero sí pude identificar las que fui viendo.  Particularmente, el grupo escultórico que está entre los puntos de interés más importantes dentro del santuario.  Se llega al mismo casi de inmediato luego de pasada la Parroquia de Indios y empezada la subida hacia el Cerrito.  Como empezaba a ser patrón para mí, resultó ser mucho más grande de lo que había imaginado, tanto que calculo que las figuras erguidas bien podían medir 2,5 metros de alto.

Experiencia distinta es llegar al Cerrito, lugar donde presuntamente el indio San Juan Diego se encontró con la Virgen. En primer lugar, provee una vista hermosa de las dos basílicas y de la ciudad. En segundo lugar, la hermita construida allí es realmente hermosa… pero entrar en ella puede ser una experiencia que recuerda mucho al metro, en sus horas pico:  es caliente y huele a sudor.  Sus murales, pinturas barrocas de tiempos coloniales y de relativo valor artístico (aunque sí indudablemente histórico) están protegidas con láminas de plexiglass.  No me detuve demasiado allí, simplemente circulé con la gente, porque el ambiente era realmente asfixiante.

Si subir la interminable sucesión de escalones hacia el Cerrito fue cansado, bajar lo fue más…por alguna razón que no logro descifrar. Llegué bastante rendido al nivel  de la plaza, pero como no tenía tiempo qué perder, continué caminando.

Aproveché para entrar un momento a la antigua basílica, la que se está hundiendo.  Si bien se ve bastante monumental por fuera, no pude evitar la impresión de que por dentro es pequeña… y no imaginé como pudo contener las multitudes que visitan el santuario diariamente.

Salí del santuario, por última vez en este viaje (y con plena conciencia de que podía ser por última vez en toda la vida), a eso de las 10,45 de la mañana.

  
Museos de Ripley y de Cera
De algún modo, localizar el museo de Ripley (a la par del cual se encuentra el de cera de Madame Truffaut), me resultó un tanto difícil al principio porque cuando salí de la estación del metro en Insurgentes  me encontré con algo que no esperaba:  sale uno a una especie de rotonda al aire libre (precisamente, la glorieta de Insurgentes, vean ustedes qué curioso), que se encuentra en un nivel inferior al de la calle que la rodea.  Entonces, la dificultad era por cuál de las salidas optar para encontrar la calle Londres, sobre la cual se encuentran ambos museos.  Luego me di cuenta de que hay unos letreros que indican hacia qué avenida o calzada dan salida, y así pude optar por la que daba a la Avenida Insurgentes, hacia el norte, ruta por la cual podía llegar a la intersección con la calle Londres.  Ya curado de espantos, sabía que iba a ser una caminata larga (unos 800 metros), así que preparé bien para hacer el largo recorrido. Benditos tiempos aquellos en los que tu única herramienta era un incómodo mapa de papel.

Opté por entrar primero al de Ripley.  Lo más notable que vi en la entrada fue una enorme llanta, y un barco a escala hecho con cerillos (¿o eran palillos de dientes?).  Enseguida apareció un traje hecho con cabello humano, y así empezaron a desfilar las cosas raras.  Lo que más me impresionó de todo el museo fue una falsificación de una sirena, hecha con la mitad superior de un macaco y la inferior de algún pez, que yo había visto años antes en uno de esos programas de “Aunque usted no lo crea”, y que no esperaba encontrarme allí (pueda que sea más bien una reproducción, y que el original permanezca en la casa matriz de los museos de Ripley).  Una demostración me pareció particularmente interesante, tanto por su connotación científica como por su embozada intención pecuniaria: una especie de embudo en cuyo borde exterior, con la ayuda de unas ranuras, se pone a rodar una moneda de canto, y la misma sigue rodando, describiendo una larga espiral, hasta que llega a la “boca” del embudo rodando, pero por la fuerza centrífuga se mantiene así a pesar de que se desplaza girando horizontalmente… antes de desaparecer (luego vi uno igualito en un centro comercial en Costa Rica, pero nadie le echaba monedas... ¿será que los ticos para esas cosas somos un poco avaros?).  El reto sugerido era medir cuánto tiempo duraba una moneda de 10 o de 20 en ser “tragada” por el embudo, y es realmente una experiencia interesante, pero no pude dejar de notar que al final del día, el depósito donde caen las monedas deber terminar repleto, para regocijo de los administradores del museo. Otra presentación que me resultó muy simpática (y de la cual no pude tomar fotos por falta de iluminación) fue un sector donde aparecen lápidas con epitafios curiosos… uno de los que me acuerdo es “Aquí yace mi marido, al fin rígido”… “Con amor de todos tus hijos, menos Ricardo que no dio nada”, y así. Tambíen son de notar una réplica de dos metros de la Torre Eiffel, hecha con cerillos, y una  iglesia hecha con azúcar, entre otras tantas cosas que me permiten decir que, de todo el viaje, la visita al museo de Ripley fue de lo más entretenido.

En cambio, el Museo de Cera me resultó decepcionante.  No es que pretendiera que un museo de cera fuera un lugar particularmente activo ni mucho menos interactivo:  se sabe de antemano que es una colección de figuras con acentuada tendencia a quedarse quietas.  Pero yo esperaba lo que también se espera de un museo de cera: que las figuras fueran una reproducción tan exacta de los personajes que pretenden imitar, que parecieran vivos. Y la verdad pura y simple es que casi para todas las figuras, me costó encontrarles algún parecido con alguien, mucho menos con el personaje en cuestión.  Incluso asistí a una presentación de un animatronic de Plácido Domingo, que valió la pena por la grabación (la voz de Plácido Domingo es de mis favoritas) y por ciertos movimientos de brazos y cuerpo que realmente parecían de un ser vivo (no todos, otros se vieron exactamente como lo que son: movimientos de un robot, como por ejemplo la boca y los ojos), pero poco más.   Además me resultó triste no poder tomar fotos, debido a que en el Museo de Cera está prohibido. Después me di cuenta de que en el resto de los Museos de Cera más bien se incentiva a la gente para que se tome fotos con las figuras (para empezar, en el de México las figuras están plataformas de exhibición, separadas del público cual estatuas en su pedestal), así que esa prohibición me parece realmente absurda.

Para cuando terminé mi recorrido en el museo de Cera (que culmina, ya afuera, con una presentación en 3D del Longe Moco, personaje creado por Eugenio Derbez), me dispuse a realizar la segunda etapa de mi lunes en Mexico:  procurar tomarme una foto ante el tan conocido mural de la Universidad Autónoma de México, y visitar la Casa Azul, o museo de Frida Kalho.

Ni universidad ni Frida. 
Siendo ya un avezado usuario del metro (y que conste que tampoco es un gran mérito, ya les dije, cualquiera lo entiende), ya ni precisé sacar mi mapa, sino que me bastó guiarme con los que hay en las estaciones.

Regresé a la estación de Insurgentes, desde donde era cuestión de tomar el sentido a Pantitlán, hacer trasbordo en Balderas para tomar la línea 3 en dirección a Universidad. El trayecto era largo, pero con mucho era el más interesante, porque hacia el final el metro ya no es subterráneo, y además la de Universidad fue la única terminal (es decir, estación de uno de los extremos de la línea) que visité. 

Para abandonar la terminal, en un determinado momento se pasa por un puente a desnivel, del cual se desciende para llegar a lo que, presuntamente, es la entrada de la Universidad… que encontré cerrada. De hecho, me di cuenta de ello únicamente después de que, muy orondo, penetré en lo que creí que era el acceso a la universidad, y que resultó ser el acceso a un supermercado universitario.  Por un costado había un vigilante, que no opuso resistencia a que entrara, pero sí me aclaró que el lugar donde esta el mosaico que quería fotografiar quedaba muy lejos.   Me resigné a que ese iba a ser un objetivo del viaje que no iba a poder cumplir (una omisión más, que son parte de todo viaje), y opté por volver a la terminal.

Lo siguiente era enfocarme en encontrar la Casa Azul, el museo de Frida Kahlo.  Aunque llevaba el mapa, como siempre, en esta ocasión no me ayudó de mucho, pues hubo un momento en que aparecieron como cinco calles cruzándose en un mismo punto (o al menos así me lo pareció), y no supe muy bien por donde seguir.

En principio, la ruta parecía fácil, pero al salir del metro me encontré totalmente perdido, y si encontré el camino no fue gracias al mapa sino por pura intuición.

El ligero extravío, sin embargo, tuvo su beneficio: me dio la oportunidad de notar cuán hermoso barrio es Coyoacán.  Tanto, que me dije que si alguna vez llegase a vivir en Ciudad de México, me encantaría que fuera en Coyoacán (cosa ruda, porque es un barrio para pudientes económicamente).

El caso es que ya casi para llegar al Museo, empezaron a aparecer rótulos que me guiaron certeramente frente al enorme muro azul... con sus portales cerrados (fallo en mi investigación: no corroboré el horario).  Como tantos museos en la Ciudad de México resulta que la Casa Azul cierra los lunes. Lamenté mucho, a pesar el no poder entrar, y luego de quedarme unos minutos contemplando aquel recinto prohibido ese día para mí, me retiré con la esperanza de que en alguna oportunidad futura pudiera ingresar. Cosa curiosa, en mi segundo viaje tampoco pude visitar el Templo Mayor ni la Caza Azul. O sea que siguen estando pendientes aún hoy.



No guardo recuerdo alguno de esa noche de lunes… salvo que me comí un combo de MacDonalds, y luego me puse a ver televisión. Dormí bien.


No hay comentarios:

Publicar un comentario