El metro: primera experiencia
Luego de tantas advertencias por parte de Julio, mi guía-conductor desde el aeropuerto, francamente iba aterrado hacia el metro. No era tanto que no esperara salir vivo, sino que no esperaba salir vestido, o poco menos. Sin embargo, si quería cumplir con mi programa, debía ser capaz de desplazarme por la ciudad, y el medio más efectivo y económico es, precisamente, el metro.
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| Metro de la Ciudad de México, uno de los más pintorescos del mundo Fuente: http://www.siempre.com.mx/2016/09/tesoros-del-metro-capitalino/ |
Ingresé a la estación de Hidalgo, que desde mi hotel quedaba atravesando el parque de La Alameda. Pero antes, tuve que asimilar el hecho de que la Avenida Juárez, frente a La Alameda, fuera tan ancha. Siendo que en San José la avenida más ancha es la Segunda, el atravesar por primera vez la avenida Juárez, que es de una anchura similar a la pero rodeada de una verdadera ciudad y de otras avenidas igual de amplias, junto con el hecho de que las cuadras son mucho más largas, me ubicó en la desmesura de una gran metrópoli, primera que experimentaba de verdad. Me sentía pequeño en medio de aquella masa de cemento a pesar de que, siendo el casco histórico de la ciudad, algunos edificios denotaban demasiado su antigüedad, las aceras su desgaste, e incluso se podían ver todavía secuelas del terremoto de 1986. Pero todo daba impresión de ser muy grande, mucho más, claro, que lo que se puede ver en mi ciudad, donde todo es realmente pequeño y menos amenazador (todo hay que decirlo) en comparación.
En todo caso, introducirme en la estación del metro en Hidalgo constituyó una primera prueba, puesto que la entrada ubicada en la Alameda estaba clausurada, y tuve cierta dificultad para encontrar la entrada por el lado de San Hipólito, más que todo porque todavía no manejaba bien el uso de los letreros de ingreso. Cuando ingresé a las escaleras, mientras las iba bajando, sentía como que iba a tomar un examen: si no lograba dominar el uso del metro, y todas sus presuntamente terribles consecuencias para mi seguridad personal, la única opción (dado que de los taxis me hablaron peor ya desde Costa Rica) era quedarme en el hotel los cuatro días, algo inaceptable, por supuesto.
No me costó localizar las ventanillas para comprar los tiquetes. Compré cuatro, a 20 centavos cada uno, baratísimo. A la del estanquillo le pregunté cómo hacer para llegar a Antropología, pero la verdad dejé de ponerle atención a la mitad de sus indicaciones, que luego entendí que eran las más correctas, porque me indicó que mejor tomara “dirección de Cuatro Caminos” (¿?) y me bajara en Tacuba, luego que trasbordara en “dirección Barranca del Muerto” y me bajara en “Auditorio”. Era realmente la ruta perfecta, pero en ese primer instante, sin conocer nada ni siquiera haberme subido nunca a un metro, aquello me sonó a galimatías, así que me atuve a mi plan de ruta original, que un tanto osadamente había pensado en los días previos de preparación examinando en línea el mapa del sistema.
Pero lo bueno es que el sistema del Metro de México (y todos los sistemas de metro del mundo, a condición de que entiendas el idioma) es a prueba de tontos. Les explico, por si se encuentran en la misma situación de ignorancia que yo en ese entonces. Por “dirección o sentido” se entiende el extremo final hasta donde llega determinada línea. Cuando la del estanquillo me indicó que mejor tomara “Cuatro Caminos”, se refería a que tomara la línea 2, que corre entre las terminales de Cuatro Caminos y Taxqueña, tomando el metro que iba en dirección a Cuatro Caminos, y así era cuestión de bajar en Tacuba, buscar la línea que va del Rosario a Barranca del Muerto (en sentido hacia Barranca del Muerto) y bajarme en la estación del Auditorio Nacional, desde donde Antropología se encuentra apenas a unos 400 metros.
Paseo de la Reforma: un sueño cumplido
Pero yo estaba engañado por las cortas distancias de San José, donde todo el centro se puede atravesar en unos veinte minutos por su eje más largo. Yo había mirado el mapa, y al ver las distintas cuadras las equiparé mentalmente con las de mi ciudad, que son bastante pequeñas, y entonces tenía la idea de que desde la terminal hasta el museo deberían haber unos 300 metros cuando mucho. Resultó que me encontré al principio del Paseo de la Reforma por el lado este, en el cruce con el Circuito Interior, y empecé a caminar hacia el oeste y de inmediato me di cuenta de que la caminata iba a ser prolongada, sensación que se incrementó cuando noté que luego de unos quince minutos (cuando mentalmente, según yo, ya debería estar en Antropología), apenas estaba pasando al lado del museo Rufino Tamayo, que estaba como a mitad de camino hacia Antropología.
Sin embargo, fue allí, a la par del Tamayo, donde me percaté de que, inconscientemente, hubo otro motivo que me inspiró para seleccionar a México como primera opción para volver a viajar luego de tanto tiempo. Hace muchos años (creo recordar que cuando tenía como veinte años), vi por televisión la maratón de la ciudad de México, justo cuando los corredores pasaban por La Reforma, a la altura de Chapultepec. Y en aquella ocasión, me dije “alguna vez caminaré por allí”. Lo recordé mientras pasaba frente al Tamayo, y entonces sentí un júbilo sordo pero muy profundo, y me dije “mira, estás aquí, caminando por La Reforma, en Chapultepec”. Fue maravilloso.
Antropología
Por fin, casi una eternidad y un cansacio sabroso y sudoroso después, me encontré en la explanada que lleva a la entrada del museo de Antropología. Yo, antes del viaje, había bajado de Internet fotografías de esa entrada, y encontrarme físicamente frente a ella fue sumamente satisfactorio. Me sentí como si hubiera vivido toda la vida para llegar a ese momento… un poco exagerado, de acuerdo, pero es una sensación que siempre he sentido cuando logro algo que he añorado desde largo tiempo. Es un sentimiento que mezcla la incredulidad de haberlo logrado, con la certeza, incluso el orgullo, de verlo hecho realidad. Un sueño que empieza a ser un preciado recuerdo.
Curiosamente, la entrada me pareció más pequeña de lo que esperaba, sin que signifique de sea realmente pequeña. Justo al frente había un poste para el espectáculo de los voladores de Papantla, que presuntamente se realiza cada hora, según entendí. No supe si su presencia es permanente o era sólo por la temporada en que visité el museo. En todo caso, ya estando allí, realmente no tenía mucho interés en aguardar el próximo “vuelo”, así que me introduje sin tardanza en el Museo de Antropología.
No puedo decir, en realidad, que haya permanecido varias horas en el lugar. Es cierto que uno podría tardarse varios días viendo detalladamente cada pieza, como corresponde a los grandes museos del mundo, pero la verdad es que yo no invertí más que hora y media en todo el museo, pasando un poco al rápido por ciertas salas, porque sin negarle méritos a todas las piezas (yo sí lo ví todo, un poco de pasada pero con cierto detenimiento si algo me llamaba la atención, que conste), la verdad pura y simple es que lo que me interesaba ver con mis propios ojos (como todo turista común) era la pieza estrella del museo, y el emblema de la mexicanidad, el mal llamado Calendario Azteca (más correctamente debería llamársele "Piedra del Sol").
Debo confesar que creí que era más pequeño. De todas las cosas que ví en ese viaje que me asombraron por su tamaño, fue el "Calendario Azteca" el que mayor impresión creó en mí. Uno, en las ilustraciones, lo imagina, qué se yo, como del tamaño de un hombre alto, todo lo sumo. Pero la verdad es que sus dimensiones son colosales (3,6 metros de diámetro, 25 toneladas de peso), como se puede ver en esta foto que me tomó un mexicano muy amable pero con poca habilidad para la fotografía. No es una imagen clara, pero sí que sirve para darse una idea de la enormidad de ese monolito tallado. Nótese que ni siquiera estoy de pie cerca del Calendario, sino que estoy como a tres o cuatro metros por delante, lo cual permitirá imaginar las verdaderas dimensiones de esa pieza tremenda, cuya labor de tallado debió ser cosa tremenda, sobre todo si se considera que, según se entiende, fue tallada con golpeando piedra sobre piedra. Luego averigüé que mi asombro ante las dimensiones de este monolito tallado fue compartido incluso por el varón von Humbolt, quien al contemplarlo (en aquel tiempo, 1803 estaba empotrado en una de las columnas de la Catedral, en el exterior, a la vista de todo el mundo, y lo estuvo así durante 95 años, nada menos) dijo “pocas naciones han movido masas mayores que los mexicanos”.
Curiosamente, me enteré allí de que el presunto "Calendario" era más bien una especie de altar gladiatorio, y que además fue un fiasco: a mitad de su confección el monolito donde lo tallaban se partió, así que se abandonó su continuación. Lo que se ve en realidad es lo que quedó justo cuando se “abortó la misión”. Pero basta y sobra para causar admiración a quien lo contempla.
Además del “Calendario Azteca”, los dos objetos exhibidos que me impresionaron fueron la maqueta de Tenochtitlán, que realmente no sabía que se encontraba en el museo, y que yo había visto siendo muy joven en la Nueva Enciclopedia Temática, lo que constituyó una sorpresa casi mágica, que me volvió a esa infancia un tanto encerrada que viví por estar leyendo; y una especie de gran relicario, muy colorido, de cuya existencia no tenía ningún conocimiento, y que me pareció realmente hermoso por su detalle.
Sin embargo, una vez que regresé de México, me enteré de que en mi relativa prisa por recorrer todo el museo, hubo una sala que me salté por considerar que ya sabía suficiente del tema y era —según yo— perder tiempo en ella cuando podía invertirlo en otras salas que me interesaban más, y que luego, en una revista de National Geografic (que había comprado antes del viaje, sin relación alguna, pero que por no recordar lo que contenía me causó la frustración que voy a contar) me di cuenta de que hubiera sido supremamente interesante visitar: la de antropología, donde incluso (me percaté por la revista, lo cual es patético si consideramos que estuve en el sitio) hay una réplica de Lucy (hasta hace poco el homínido más antiguo conocido) y otros objetos sumamente interesantes. Fue mi primera gran omisión de un viaje que tuvo varias, que quedaron pendientes para próximas ocasiones. Pero fue la que me enseñó lo conveniente de informarse bien antes de viajar a cualquier sitio.
Regreso al hotel y salida por la noche
Salí del museo más o menos a las cuatro y media de la tarde, feliz por haber cumplido mi primera meta. La segunda, ahora, sería volver sano y salvo al hotel. He de confesar que no fue sino en esta segunda ocasión cuando por fin pude entender bien el sistema del metro, y entonces pude usar la ruta correcta.
Al salir del museo, me fijé en que el presunto lugar de la estación del metro en el Auditorio estaba más cerca que la de Chapultepec. Así que, jugando a ser osado, puesto que no tenía idea, una vez allí, de cómo me la iba a jugar para hacer los abordajes y transferencias correctos (en ese momento mi ignorancia del sistema era todavía bastante pronunciada), me decidí a iniciar mi regreso por la vía del Auditorio, en lugar de la que había previsto desde Costa Rica, que era básicamente la misma que había utilizado para llegar allí, pero en sentido contrario. Lo cierto es que mis pies ya no estaban dispuestos a caminar otra vez el kilómetro largo hasta la terminal de Chapultepec (aunque esta vez fuera cuesta abajo), y menos ante la evidencia de que había donde abordar el metro mucho más cerca.
De paso, claro, me fijé en la característica enormidad (propia de los edificios de la Ciudad de México) del Auditorio Nacional, pero no demasiado, porque iba concentrado en lograr la proeza de verme a salvo en mi habitación, de nuevo, so pena de dormir en la calle si no. Consulté mi mapa (todavía no había Smart Phones), y me di cuenta que desde “Auditorio” debía dezplazarme hasta “Tacuba”, donde tenía que hacer trasbordo a la línea que iba hacia “Hidalgo” (o sea, la ruta que en sentido contrario sabiamente me había indicado la taquillera horas antes).
Ya en la experiencia anterior me había dado cuenta de que no hacía falta tener el mapa a mano, ni apuntar previamente nada, porque dentro de los vagones hay esquemas muy sencillos de entender, que te permiten saber cuáles estaciones hay en la ruta. Luego es cuestión de fijarse en la ventanilla para ver, en cada estación, los claramente visibles rótulos con el nombre de cada una. En realidad, lo que me tenía confundido eran los rótulos que indicaban la famosa “dirección”, que son fundamentales porque si por despiste, por ejemplo, en Tacuba, caminas hacia los pasillos de “sentido Observatorio”, te encontrarías viajando en dirección contraria al la necesaria para ir a Hidalgo, que es lo que yo quería hacer.
Pero la necesidad agudiza la inteligencia, y además, como dije, el sistema es a prueba de tontos, y hete aquí que, menos de media hora después, estaba yo ya en entrando en el Hotel San Francisco, profundamente victorioso.
A las 6,30 había quedado de verme con dos lugareñas que me llevaron a cenar y me hicieron un recorrido pasando por los lugares más populares de la ciudad, como el Ángel de la Independencia y Plaza Garibaldi.


El caso es que regresamos al hotel a eso de las nueve y media de la noche. De una vez quedamos de volvernos a ver el martes por la mañana, antes de mi regreso a Costa Rica. Había sido un día largo, y parecía que todo lo vivido se hubiera repartido en varios días, no en uno solo. Dormí bien esa noche.




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