Para ser alguien que afirma gustarle mucho viajar, en verdad he viajado poco. O mejor dicho, he hecho pocos viajes, muchos menos de los que quisiera. Y muy separados entre ellos. Cuando, entre julio y setiembre de 2004 ocurrieron una serie de acontecimientos que le dieron un giro nuevo a mi vida, todos desencadenados luego de que hice una petición a la Virgen de Guadalupe (no me pregunten por qué esa devoción repentina), con la promesa de que de cumplirse viajaría a visitarla a su Santuario, y como la petición se me concedió, había que cumplir... desde luego, aprovechando la ocasión para conocer una ciudad que desde hacía mucho tiempo deseaba visitar. Habían pasado nada menos que 15 años desde mi último viaje, que fue a la isla de San Andrés con mis primos Manolo y Carmen, así que para mí era un periplo muy significativo, siendo además el primero que hacía en solitario...
Sábado 18 de diciembre 2004
En el aeropuerto, de nuevo, 15 años después.
La víspera del viaje se celebró la fiesta navideña de la empresa donde trabajaba en ese entonces, la cual tomé como una jubilosa celebración del corto pero significativo viaje a comenzar temprano al día siguiente.
De la fiesta salí a las 9,30 de la noche, a pesar de las protestas de mis compañeros, que pretendían casi que saliera de la misma directo al aeropuerto (debía estar a las 4,00 de la madrugada). Pero desde el jueves venía sintiéndome como con indicios de resfrío, y me di perfecta cuenta de que me iba a resultar necesario acostarme temprano para despertar el día siguiente en mejor estado.
Fue exactamente como esperaba. Dormí muy bien, y me desperté a las 3 de la mañana sin cansancio ni malestar. Viajar de madrugada al aeropuerto siempre ha representado para mí una emoción diferente, es como seguir el patrón esperado de un viaje que guardo desde la infancia: salir muy temprano de la casa y que el sol te encuentre de camino.
El trayecto al aeropuerto Juan Santamaría, a esa hora, fue rápido pues en la carretera, en la oscura madrugada, con su iluminación brillante de tinte amarillo que le daba un aspecto un tanto fantasmal, casi no había tránsito alguno. Fue así que en poco más de 20 minutos me encontré ante la entrada de acceso exclusiva para los viajeros. Súbitamente recordé la última vez que había ido al aeropuerto como viajero, y no a recoger o llevar a alguien: había sido en 1989, también en diciembre, para ir a la isla de San Andrés. Demasiado tiempo, pensé.
Localicé fácilmente el stand de Mexicana, y empecé a recorrer la serpenteante senda que marcan las cintas que delimitan las filas, a pesar de que sólo estaba una señora en el inicio. Como por matar el tiempo, la señora me empezó a contar que el vuelo desde México no había arribado todavía, por lo que parecía que íbamos a salir tarde, puesto que el avión que venía iba a ser el mismo que nos llevaría, y de hecho no nos iban a realizar ninguna de las gestiones previas al vuelo hasta que esa aeronave apareciera. Además me contó que a ella le había ocurrido algo parecido al volver de un viaje anterior, y que el presunto vuelo de regreso desde México a las siete y media de la noche terminó saliendo a medianoche. Al parecer esa situación la tenía todavía muy molesta, porque se quejó de lo mismo con todo el que estuviera cerca para escucharla.
El caso es nos enteramos estando en la fila de que efectivamente el vuelo desde México llegó a las cuatro y diez de la mañana (lo cual me hizo pensar en que el miércoles, día de mi regreso, si llegaba a esa misma hora, me iba a tocar salir del aeropuerto directamente al trabajo). Ello permitió que la revisión de documentos y pasajes, además de la de las maletas, se hiciera en el horario esperado. Luego de quince años de no experimentarlo, el ver mi maleta (nuevecita, comprada para la ocasión) cerrada con el marchamo de la aerolínea, y pasar al stand para que se me entregara el pass board y se me pesara la maleta, para luego verla partir en la banda transportadora a las entrañas del aeropuerto, me hizo sentir un privilegiado de la vida. Una vez que todo fue hecho en el stand, y empecé a caminar hacia la sala de abordaje, me dije por primera vez “ahora sí, vas para México”.
Me tocaba la puerta 4, que está en la misma sala de abordaje de toda la vida, claro (las nuevas salas de abordaje del Juan Santamaría estaban todavía en construcción). Continuaba oscuro, por lo que el aeropuerto estaba silencioso, y casi vacío (de hecho, la fila en el stand de Mexicana no era tan larga cuando yo la hacía, y por el contrario el del otro vuelo que estaban revisando en ese momento, de Martinair, la fila estaba repleta).
No sé hasta dónde lo esperaba, pero no me sorprendió ver el avión de Mexicana en su puesto en la manga. Claro, debía estarlo, puesto que por allí debieron salir los pasajeros que venían de México, pero el hecho es que esa era información de la que no era muy consciente, pero tampoco del todo ignorante, puesto que cuando vi el avión (“Ciudad de México” era su nombre) no me causó sorpresa, sino puro asentimiento lógico. Lo cual no impidió que, de manera casi instintiva, me asomara por los ventanales de la terminal a contemplarlo largamente, pensando “en ese objeto enorme y pesado es que voy a entrar y a elevarme por los cielos… ¿cómo es eso posible?”.
Sin embargo, en ese pensamiento no había aprensión, sino simple asombro ante la maravilla de vivir en una época donde eso pueda ocurrir. Desde luego, siempre hay una voz oscura que te dice que a ese aparato lo sostienen en el aire únicamente esas alas tan delgadas con la ayuda de esos motores que, por grandes que sean, siempre se me antojan demasiado diminutos como para impulsar tantas toneladas de metal y seres humanos. Pero no es cuestión de hacerle caso a esa voz y salir huyendo: total, como siempre se dice en esos casos, nadie se muere la víspera. El caso es que a ratos iba a echarle vistazos al avión, algo que dejó de parecerme pueril cuando vi que otras personas lo hacían también.
Y, por fin, a las 6,30 de la mañana (milagrosamente 15 minutos antes de lo estipulado) empezó el abordaje. Mi poca experiencia no me permitió entender en ese momento que ello no era garantía de que fuera a llegar más temprano a México. Lo cierto es que encontré con facilidad mi asiento, luego de hacer una fila que me hizo ubicarme faltando cinco minutos para las siete (A24, que resultó estar en el borde mismo del ala, es decir, que me iba a obligar, para ver, a torcer el cuello dado que la mitad del panorama lo ocupaba aquella fundamental parte de la anatomía del jet), me instalé y me sentí poco menos que en éxtasis: ahí estaba yo, en un avión, dispuesto a hacer un viaje totalmente a mi cargo.
El abordaje fue rápido. Veinte minutos después de mi ingreso al avión, nos despegamos de la rampa y comenzamos a carretear. Pero no ingresamos a la pista. El capitán nos avisó que por cuestiones de tráfico o algo así, debíamos esperar diez minutos más. Pasados los presuntos diez minutos empezaron a arribar varias avionetas (yo conté cinco), lo cual me hizo pensar que era un tanto irónico que esos pequeños aeroplanos tuvieran el poder de mantener en tierra a la “Ciudad de México” (con el tiempo el chiste se ha venido haciendo más patético, lo acepto). Los diez minutos se prolongaron a veinte, hasta que por fin, a eso de las ocho y veinte de la mañana, se inició el despegue, en el cual aproveché para tomar una foto de la terminal del Juan Santamaría.
Luego de un rato en el aire, me sentí a gusto, sin temor, asomándome de vez en cuando a la ventana sólo para constatar la altura a la que nos desplazábamos. Fue un vuelo muy tranquilo, con apenas turbulencias, donde mi compañero de asiento era un tipo joven que viajaba con su esposa (muy guapa) y sus dos hijos, y me contó que tenía que trasbordar dado que su destino final era Guadalajara. Se mostró muy interesado en mi cámara, que era una Panasonic SV-AS10, muy pequeñita y cómoda para llevarla y manipularla, toda una maravilla tecnológica en el momento, pero engorrosa a la hora de pasar las fotos a la computadora. Fotos que, por demás, a tenor de la época, no tenían mucho pixeles, por lo que espero me perdonen por la mala calidad. Por desayuno nos dieron un gallo pinto con tortillas, natilla y huevo picado bastante aceptable. Estuve mirando por la ventana tratando de identificar los contornos de las costas que iban apareciendo, pero desde luego que no pude.Cuando el capitán anunció que iniciábamos nuestro descenso (sobre Oaxaca) me preparé para corroborar cuán grande es en realidad la Ciudad de México. Poco después pude ver de pasadita al volcán Popocatepetl (de casualidad me tocó el lado donde podía verse), y pronto empezó a aparecer el primer conglomerado de casas que evidentemente pertenecían a la gran metrópolis, y vi hacia el horizonte, me di cuenta de que sí, es grande (mucho más que San José, por supuesto), pero de alguna manera esperaba que lo fuera más. No deja, sin embargo, de ser impresionante. Desde las alturas, mientras el avión descendía, pude diferenciar claramente al estadio Azteca, y los grandes viaductos que son el distintivo del DF. Y un edificio que es infaltable para quien se sienta al lado izquierdo de un aeroplano y viene del sur: el Word Trade Center de México, en torno al cual la aeronave hace amplias curvas para enfilarse al aeropuerto Benito Juárez, a diez kilómetros (y poco más de dos minutos y medio) de distancia.
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| Edificio del World Trade Center, Ciudad de México, aproximadamente como se ve desde el avión (imagen extraída de Youtube) |
Llegamos a la puerta 36 y fue allí donde constaté lo que había leído sobre el aeropuerto Benito Juárez, en cuanto a que dependiendo de donde uno arribe, debe recorrer distancias considerables. La puerta 36 me obligó a caminar un trecho de casi un kilómetro con mi maleta al arrastre antes de llegar a los mostradores de migración (donde, a pesar de toda mi previsión anterior, descubrí que había olvidado llenar dos espacios, con mi nombre y no sé qué otro dato, con la correspondiente admonición severa del agente de migración, quien por cierto fue la persona menos amable que encontré en todo el viaje).
La aduana fue rápida. Luego de la aduana, pasé por una puerta de vidrio pintada de blanco, y de repente me encontré con el bullicio de la ciudad de México, representada por la sala de llegada desde la calle. Allí me esperaba un tipo de anteojos que lo primero que hizo fue preguntar “¿Ronny Ugarte?”. Iba a ser mi guía en este primer contacto con México. Esperaba a un grupo de ticos, y cuando yo llegué faltaban diez, que pronto se reportaron. Pasamos a una casetilla de cambio, y luego al estacionamiento, donde nos esperaba una camioneta azul. Luego de acomodarnos, comenzó nuestro recorrido hacia el hotel.
Nuestro guía dijo llamarse Julio. Nos hizo una serie de recomendaciones en el camino, en el sentido de cuidarnos de los carteristas, sobre todo. También nos aconsejó sobre qué comer y qué no, nos dio indicaciones con respecto a las propinas, y otros asuntos. Como yo le hice ver que pretendía movilizarme en el metro, me hizo las que luego supe eran las consabidas advertencias sobre este medio de transporte: sobre lo apretado que se viaja, la abundancia de carteristas, los malos olores, sudores, calores, etc. Nos preguntó también sobre nuestros motivos para viajar a México, y entonces yo le conté sobre mi promesa.

Llegamos al hotel San Francisco, donde me hospedé esos cuatro días, casi a la una de la tarde. Entre registrarme, acomodarme en mi habitación (la 1404, sencilla pero acogedora y con buena vista, pues a pesar de que había una construcción al frente, se podía ver parte de La Alameda y de la Torre Latinoamericana, y además Bellas Artes), se me hicieron casi las dos de la tarde, pero luego de hecho todo, y guardar la laptop y el resto del dinero que no cambié y mis documentos en una caja de seguridad de la recepción, me dispuse a enfrentar mi primer reto: utilizar el metro para ir al museo de Antropología.


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